Fue en el año 1170, bajo el reinado del primer monarca de la dinastía Plantagenet, Enrique II –hijo primogénito de Godofreo V de Anjou y de la emperatriz Matilde y padre de Ricardo Corazón de León–, célebre por ser el principal instigador de ordenar el asesinato del Arzobispo de Canterbury, Thomas Becket, a finales de ese mismo año, cuando existe constancia de que por primera vez alguien se atrevió a mencionar un nuevo entretenimiento que había surgido de entre los jóvenes londinenses de la época.

Los primeros indicios de este excéntrico pasatiempo se hallan en un texto escrito por William Fitz Stephen, clérigo y biógrafo del malogrado y beatificado por la Iglesia Católica Santo Tomás de Canterbury. Dentro de las obras y milagros de su idolatrado Santo, tuvo cabida la pequeña reseña en la que daba cuenta de la existencia de «un entretenimiento relacionado con un juego de pelota que practicaban los jóvenes londinenses». Se trataba, como podemos comprobar por la cita anterior, de un juego que ya despertaba cierto entusiasmo entre los jóvenes ingleses desde, al menos, la Edad Media.

Es importante tener en cuenta que el football de por aquel entonces no era exactamente como el actual, sino más bien una mezcla de fútbol y rugby en el que el choque físico suponía una constante entre sus practicantes. De hecho, fue considerada como una actividad de elevada violencia, llegando a ser perseguida durante el siglo XIV.

En 1314, la propia realeza por medio del rey Eduardo II de Inglaterra, prohibió su práctica, afirmando que el mismísimo demonio podía elevarse por encima de las personas y llevarlas a causar un conflicto unas contra otras.

En detrimento de ese divertimento tan mal visto, invitó a su pueblo a que practicase el noble arte del arco. Por supuesto, la pasión mostrada por sus defensores les llevaría a practicarlo de manera encubierta con el evidente riesgo que ello conllevaba.

Años más tarde, ya en 1349, su sucesor, Eduardo III, en vistas de que la multitud seguía practicando el endemoniado juego de pelota con el pie y a base de mamporro limpio, dictaría una real orden por la cual encarcelaría a todos aquellos que jugaran al football y otras actividades similares sin utilidad aparente. Más aún, dentro de la lucha por su erradicación, Enrique IV llegaría a considerarlo como un verdadero delito.

Tan indignante actividad con cierto ápice de violencia contó, igualmente, con la oposición dela clase intelectual británica: poetas, escritores y dramaturgos de la talla de William Shakespeare mostraron su rechazo. El gran vate inglés, verbigracia, en su tragedia de King Lear, (1605), se refiere a uno de sus personajes como «miserable jugador de fútbol».

Por lo que podemos deducir que en sus más ancestros orígenes, al actualmente endiosado deporte del juego de la pelota con el pie –también llamado fútbol–, sufrió un gran rechazado por los estamentos más altos de la sociedad inglesa, quedando reservada su práctica para las clases más bajas y debiendo practicarse en la más estricta clandestinidad.