U n puñado de dólares’ justificó miles de rollos de metraje, cientos de estampas oníricas de un desgarbado Clint Eastwood en el ‘Tabernas Desert’ y una legión de desertores del esparto reconvertidos en buenos y malos por Leone. Como ‘Spain sigue siendo different’ un puñado de dólares es moco de pavo al lado de dos papeles mal doblados sobre una ventanilla pública. Expresar un deseo sobre un trozo de folio para que ‘el Dios de las administraciones’ te de el ‘placet’ es como esculpir sobre roca del Sinaí una etiqueta de ‘Anís del Mono’. Si a estas alturas y sin primos ni ‘cuñaos’ en ninguna Diputación, Ayuntamiento, Subdelegación, Mancomunidad, anejo, entidad independiente, aldea, o catastro; no os habéis sentido identificados, es que vivís en Nueva Zelanda o habéis nacido con la flor en el culo del ‘todo resuelto’.

Así me hablaba el otro día un conocido empresario malagueño: «¡A mi que no me den ayudas. A lo que aspiro ya es a que no me pongan palos en las ruedas. No pido más!». No es un lamento contenido, si no el suspiro general de emprendedores, inversores, ciudadanos y casi cualquier español con menos de 70 años ‘al borde de un ataque de nervios’.

Lloran los pobres amargas sus horas en busca del ‘papel’ extraviado, el no sellado, el vilipendiado, el guarreado, el quemado, el ocultado a mala leche, el no sobornado, el plegado bajo el archivador AZ. Y así hasta el fin de los tiempos… Instancias perdidas, folios en blanco, sobres amarillos; cuartillas en coma.

El imaginario colectivo atribuye el ‘neocolonialismo burocrático’ a ‘eso’ que inventaron los tecnócratas socialistas a principios de los 80’s. Nada más lejos de la realidad. Es una cadena de favores que se fue modelando a fuego lento a base de comidas de cortijo, puros, soles y sombras y ‘sujétame el Soberano’ que ahora llamo al de Cuenca para que te lo arregle y que no me tiren de la lengua que muerdo. Fueron las cavernas del régimen las que sentaron las bases de estos vicios ‘juancarlistas’. Tardes de ‘julepes’ con Brandy desatrancaban más permisos que mil años de golpes de sellos a la sombra del despacho.

La evolución burocrática sigue más o menos congelada en la era de los viajes espaciales. El laberinto de oficinas es un agujero negro que lo mismo te engulle una cátedra a dedo que una licencia de obras sin fecha. Líderes mundiales somos en esto y en romper botijos.

¿Os imagináis un parchís de papeles en la pulcra administración Alemana o Finlandesa? Me contaba esta semana un joven ingeniero regresado de tierras teutonas que allí a las parejas con dos sueldos les pegan un ‘bocado’ a impuestos que se te queda el cuerpo como a Chikito con el ‘diodeno’ boca abajo.

La cosa, según decía, es que a ellos no les duele porque es dinero que va a servicios públicos sociales bien gestionados; se sabe el destino de cada euro y hasta tienen sueldos quinquenales para madres con hijos -por eso hay niños en Alemania y aquí no, claro-. No os creáis que es falta de sexo. Así da gusto pagar. Aquí ya sabemos que los cuartos públicos no son de ‘naide’, que diría Camarón. El chorrillo que pasa el corte a duras penas da para quitar las listas de espera.

No hay solución para el papel que no corre porque “viene tocado desde arriba”; a la par que los de arriba arguyen que la instancia no pasa “porque el jefe del negociado no se lo entrega” y el que está por en medio se pone de lado para dejar el marrón al del final de la cadena, que te mira con ojos vueltos de perrillo chico lamentando que no se puede hacer nada porque no ha visto el escrito.

Esta historia no puede tener final feliz como la de ‘Lito’. Acaba con ‘un adiós’ que suena a un ‘hasta luego campeón!’ junto a la foto finish del hombre o mujer de la parte doliente que sale con la cabeza loca, el pecho bajo y la cartera seca preguntándose si merece la pena trabajar, mientras mentalmente tunea el tema de Loquillo con un “que hace un hombre como tú en un país como éste”.