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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

El negocio del amor

El principio de no contradicción es una de las leyes clásicas del Pensamiento lógico. Aristóteles lo definía así: «Es imposible que un mismo atributo se dé y no se dé simultáneamente». Un ejemplo planteado desde tiempos memorables lo tenemos en la existencia de Dios. Dios existe o no existe pero ambas aseveraciones no pueden ser al mismo tiempo verdaderas.

Otro ejemplo más reciente lo tenemos en la publicación de la crisis que viven numerosas empresas de ocio nocturno, el último sector en recuperar la normalidad tras la pandemia, y que ansiaban vivir una fiebre del sábado noche que ni ha llegado ni se la espera. Atribuyen el chasco a un cambio de tendencia de las personas a la hora de relacionarse, que encontraron alternativas virtuales tras la imposibilidad primero y el recelo después, a ligar en las discotecas.

Del lado contrario de la contradicción, pero compartiendo periódicos, la noticia de que Match Group, el buque insignia de la aplicación de citas Tinder, se desploma en bolsa. En una carta dirigida a sus accionistas informan de que el fin de las restricciones y la vuelta a las interacciones sociales en persona han provocado una creciente pérdida de usuarios a lo largo de los últimos meses. Es decir: volvemos a ligar en persona. En este particular drama de Schrödinger nos estamos enamorando presencialmente y no al mismo tiempo.

Business are business o, como decimos los españoles y mucho españoles: la pela es la pela. Porque el amor no se podrá medir pero sí el valor de las empresas dedicadas a especular con él y los cambios de estado en Facebook de es complicado a en una relación se traducen en pérdidas millonarias. ¿Nos estamos enamorando por encima de nuestras posibilidades, o lo hacemos sin seguir sus expectativas de negocio? Los solteros y potencial nicho de mercado queremos aportar nuestro granito de arena, pero necesitamos pistas, ¿qué hacemos? ¿salimos o no salimos?

Entre estas dos formas contradictorias del y qué hay de lo mío, sí están de acuerdo los unos y los otros en lamentar, entre tantas pérdidas de solteros, la de la población más joven a la que no habrían sabido conquistar para probar las mieles del ‘amor online’ por un lado, pero a quienes las discotecas tampoco supieron recuperar tras la anterior crisis, cuando en lugar de interrumpir las salidas nocturnas para retomarlas con más ganas cuando volvieran a tener la cartera llena, se extendió la cultura del botellón hasta alcanzar a estratos sociales antes impensables. Se popularizó que el pedo se pilla en el parque frente a la disco, a la que entras solo para tomarte la última, ir juntas al baño y con el rímel recompuesto hacerte el selfi perfecto.

Pero más allá de la pérdida de solteros y el botellón, tranquilos, aún queda margen. Continuamos siendo el bar de Europa. El Instituto Nacional de Estadística contabilizó 83,7 millones de visitantes extranjeros que vinieron a España en 2019. 73,1 millones -casi 9 de cada 10- lo hicieron por ocio. Si este ocio Happy Hour es sostenible o mejorable ya lo hablamos otro día, que hoy estamos aquí por el asunto aquel del negocio del amor que se rifan apps y salas de fiestas.

Va y resulta que los de la generación X fuimos, cual dinosaurios, una especie en extinción. Saquemos pecho y digamos que, además de cerrar las discotecas, nosotros, las abríamos. Los primeros en entrar y los últimos en salir. ¡Ay, jovenzuelos! Vosotros entenderéis las canciones de Rosalía sin subtítulos pero no tenéis NI IDEA de lo que era bailar las lentas en la gala juvenil. Esas cuatro paredes oscuras de las discos conocían historias de amores y desamores. Peticiones de quieres salir conmigo; anuncios de que cortamos. Confidencias, llantos, morreos y demasiados cuernos. Da igual que llegáramos en un Panda o un Renault 5, fue en un Simca 1000 o en el asiento de atrás de un viejo Cadillac segunda mano, junto al Merbeyé, a mis pies mi ciudad, donde se engendraron los hijos que tendríamos los hijos de La Movida.

Esas eran nuestras ‘interacciones sociales’. Así contribuíamos al negocio del amor mientras nosotros, ya ven… nos enamorábamos. Y para Tinder el futuro era desarrollar su propio metaverso donde poder ‘vivir’ la experiencia de mantener una cita romántica de tu avatar con el avatar de tu churri. ¡Manda huevos! Suerte que esta gilipollez -al menos de momento- no se la hemos comprado.

¡A la mierda todo lo virtual, todo lo fast! Por lo menos el amor, el amor, ¡el amor! habrá que hacerlo cara a cara… cuerpo a cuerpo. Y con todas las luces -a poder ser del sol- encendidas. Porque de noche todos los gatos son pardos y en Instagram todos los corazones llevan filtro. Porque yo no creo en la tecnología, aunque haberla hayla, pero en el amor… sí creo. Más o menos lo mismito que dijo algún otro filósofo posterior a Aristóteles, apoyado en la barra cualquiera de una discoteca de madrugada: «Todo el mundo necesita creer en algo. Yo, por ejemplo, creo que me tomaré otra cerveza».

Escritora

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