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La Opinión de Málaga

José María Asencio Gallego

ENTRE ACORDES Y CADENAS

José María Asencio Gallego

Juez y escritor

¡Larga vida a la plebe!

Realmente, este mundo está de luto cada vez que un niño muere de hambre, cada vez que un cayuco se hunde en nuestras costas

Los británicos se despiden de la reina en el cortejo fúnebre. EP

Hoy es un día triste. Ha muerto un ser humano. Un hombre, una mujer, un niño. Una vida truncada. Su nombre lo desconozco, como también su apellido, si algún día llegó a tenerlo. Pudo nacer aquí, en la abundancia de Occidente, o allá, en la miseria de los pueblos expoliados. Su piel no es blanca ni negra, sino tan solo piel, el órgano que cubre a los demás. Y su profesión, como otras tantas, una más de las que mueven la maquinaria de nuestro mundo. Sea como fuere, el difunto, para la abrumadora mayoría, no es nadie. Un cadáver al que, más temprano que tarde, devorarán los gusanos. Y luego, con el paso del tiempo, se convertirá en polvo.

Esto ocurrió ayer. Y hoy. Y mañana, con toda probabilidad, volverá a suceder. Una y otra vez hasta el final de los tiempos. Pero, querido lector, los medios de comunicación no se lo contarán por el simple hecho de que no es noticia. La plebe, viva o muerta, no es noticia. Y si por cualquier circunstancia, seguramente fatídica, el fallecimiento de un plebeyo adquiere cierta notoriedad, esta no pasará del siguiente telediario.

Ni siquiera importa que el plebeyo en cuestión haya contribuido con su pequeño grano de arena a embellecer este mundo gris. No vistiendo lujosas prendas ni portando en su mano bolsos de mil colores. Sino con su trabajo, con sus acciones, con aquellas palabras que salieron de su boca y lograron convencer a alguien de la inutilidad del horror.

Nunca lo sabremos. Porque mientras todo esto acontece, la televisión nos habla solo de una cosa. De algo que, paradójicamente, carece de importancia para la inmensa mayoría de nosotros. El fallecimiento de una reina, de una persona que, desde su nacimiento, vivió entre algodones y tuvo siempre lo que deseó, sin importar el precio, sin conocer siquiera el esfuerzo que cuesta conseguirlo. Una persona que, desde el principio, estuvo al lado de los poderosos, de quienes se enriquecían y continúan enriqueciéndose sin pudor. Sus colonias, muchas ya independizadas, suman millones de pobres. Y todo esto mientras en su palacio reinaba el lujo y la opulencia.

Pero qué más da. Era Isabel II, de la casa Windsor, hija de Jorge VI, Rey del Reino Unido, de los Dominios Británicos de Ultramar y Emperador de la India. Su piel era blanca, sus manos suaves y su sangre azul. Y su estirpe, célebre como apenas quedan ya.

Durante dos semanas hemos presenciado homenajes y desfiles. Hemos oído discursos, tertulias y debates. Las televisiones, públicas y privadas, han modificado con urgencia su programación para que no nos perdamos ni un solo detalle. Minuto a minuto, segundo a segundo. Los diarios, edición tras edición, han dedicado secciones enteras. Y toda esta parafernalia no ha hecho sino recordarme aquella frase que un día escribió el escritor francés Michel Houellebecq: «A este mundo le falta de todo menos información suplementaria». Porque la realidad es que desde el 8 de septiembre estamos siendo ahogados en un gigantesco océano de información suplementaria, aquella que nada cambia si la conoces o no.

Ha muerto Isabel II, sí. Tenía noventa y seis años y ha vivido una vida plena. Algunos han colocado un crespón negro en su solapa y otros, políticos londinenses o madrileños, ordenado que sus banderas ondeen a media asta.

El mundo, quieren que creamos, está de luto. Y no les falta razón. Lo está, aunque por razones distintas de las que nos dice la televisión. Está de luto cada vez que un niño muere de hambre, cada vez que un cayuco se hunde en nuestras costas, cada vez que alguien es abatido al tratar de alcanzar una hogaza de pan. El mundo lleva mucho tiempo de luto. Y ya es hora de decirlo bien alto.

Durante la proclamación del nuevo Rey, todos, bien vestidos y bien alimentados, gritaron ¡larga vida al Rey!

Yo, en cambio, prefiero pensar en los anónimos, en los que sangran en rojo, en los que madrugan, en los que nos encontramos cada mañana en las calles, en los cafés, en los atascos camino del trabajo. Yo, por tanto, prefiero hablar de ellos y, en su reconocimiento, gritar…

¡Larga vida a la plebe!

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