Lunes. «La redacción está desierta, las ventanas abiertas y los teléfonos sonando». Un poco más y me sale un poema moderno . Nos tiene dicho Arthur Miller que un periódico es una nación hablándose a sí misma. Menos mal que aparece alguien y me habla y hasta propone café. Escribo con el abrigo puesto. Urge un estudio que relacione la prosa y temperatura corporal. Pero pese a sentirme frío me invade la ira caliente: son incapaces de organizar la logística necesaria para vacunar rápido a la gente. Impresentables. Cada día que pasa son más muertos. Más contagios. En festivo no se vacuna. Oigo a un ganapán diciendo que a su Comunidad tienen que llegar más vacunas. Como si no estuvieran llegando miles, que están almacenadas sin que se suministren. Coño, ya.

Martes. Media mañana y sol y 17 grados. Salgo a pasear con mi hijo, que a los diez minutos propone volver a casa a jugar. La ciudad parece alegre. Fisgoneamos por el Mercado del Carmen, donde la gente bebe cerveza, pela gambas, compra fruta, cata aceitunas o embolsa patatas. Compramos pan y algo para el aperitivo. Cuando uno está deprimido, no es el caso, no hay nada mejor que internarse en un mercado a la hora del bullicio. Remite la moda de los jersey navideños de colores chillones.

Miércoles. Lo bueno de esta era es que si no te gusta un golpe de estado puedes cambiar de canal. Me quedo un rato en Masterchef Junior pero al rato vuelvo a ver en directo como una recua de cabestros, algunos vestidos que parecen los Village People, asaltan el Capitolio. Yo estuve allí en 2008, justo el día de las elecciones que ganó Obama por primera vez. Hacía mucho frío y a la mañana siguiente envié unas crónicas de ambiente desde un apartamento con ventanas al otoño de colores en la avenida Pennsilvania. Recuerdo que nos guiaron por la zona donde Nancy Pelosi trabajaba, que parece que esta señora siempre ha vivido allí. Llega la madrugada, pienso en los populismos, en el envilecimiento de la política, en la impresionante variedad cromática de las hojas de los árboles en el DC y en el estado de Virginia. Me levanto en la madrugada a beber agua, algo abotargado, parece domingo y pareciera que mañana es un lunes vasto e inmenso. Por toda la casa hay restos de papel de envolver regalos. El arbolito de Navidad presenta ya un tintineo de lucecitas algo cansado y tímido; casi piso un cochecito de juguete. No sería muy lúcido ni muy lucido palmar por tropezón en una noche incierta en el salón de tu casa. Y perderse el desenlace de lo de Washington.

Jueves. La llaman Filomena. Borrasca. Yo de mayor quiero que me dejen ponerle el nombre a un temporal o borrasca o anticiclón. Cuando éramos pequeños solo nos hablaban del anticiclón de las Azores. Filomena viene brava y es tal el acojone que nos mete la televisión que suspendemos todos los planes, básicamente ningún plan. Si acaso ponerse a plan. Después de los excesos navideños. Vaya plan. Yo le pondría Juan Miguel a una borrasca. O Aníbal. Tampoco estaría mal Pleonasmo. Tal vez Ulises. Ulises trae lluvias copiosas este fin de semana. Y en ese plan.

Viernes. «Le comento lo que tenemos fuera de carta». Yo no sé si hay algo más prometedor en la vida.