Que el fútbol junto a La Isla de las Tentaciones se haya convertido en el «opio del pueblo», no da margen a ninguna a duda. Que el ser humano es vulnerable ante cualquier anuncio de alguna píldora milagrosa que sirva como crecepelo o para perder peso, eso está más que demostrado –al igual que la nula efectividad de los citados productos con tintes proféticos–. Que la sobrina de la Pantoja sale en «pelotas» o la Esteban se encara con la mujer de su exmarido se convierten en trendig topic, es gracias a «nosotros». Y que Mercedes Milá haya presentado Gran Hermano ya fue la re-que-te-pera. Todo ello podría hablar muy mal de la intelectualidad de gente como nosotros –yo incluido–, al servicio de un espectáculo lamentable y bochornoso donde conviven una serie de desconocidos gritando y «matándose vivos» entre ellos; dando mucho de que pensar. Que todas las excentricidades, habilidades o «gilipolleces» que nos ofrece la pequeña pantalla y que se salen de lo cotidiano son adictivas, eso esta más que comprobado. Por tanto, respeto máximo a aquellos que damos las audiencias a la pequeña pantalla.

En cuanto al tema que nos concierne, que no es otro que el fútbol, ha quedado claramente demostrado que la salsa a este fabuloso espectáculo de masas, la pone sin lugar a duda la hinchada. Una hinchada denostada por aquellos personajes que actúan como «tejemanejes» –como diría mi querido amigo Paco Torres– anteponiendo lo económico a lo que supone la verdadera esencia de este deporte, sin saber el gran peligro que conlleva.

La afición del Málaga CF en La Rosaleda. La Opinión

Aunque parezca una tontería, el ejemplo es claro. Tan sencillo como el obviar una pizca de sal a un buen potaje de hinojos, como diría doña María Victoria Gálvez Montosa, ósea, mi ¡Santa Madre! Fijaos todo lo que cuesta hacer una buena comida y el tiempo que se necesita, que si al final no le añades una pequeña dosis de sal, el resultado puede ser fatídico. Pues bien, eso es lo que ocurre con el fútbol de nuestros días: Si prescindimos de los aficionados, el guiso quedaría insípido y el fútbol se tornaría en aburrido, llegando hasta a tomar un cariz de sin sentido. 22 locos corriendo detrás de un balón, ¡qué cosas!

Queridos lectores, con este pequeño artículo donde esta gran casa como es La Opinión de Málaga me brinda la oportunidad de dirigirme a todos aquellos apasionados del juego con la pelota en los pies, quería deciros que mi pretensión no va más allá que mostrarles el gran valor que supone nuestra aportación a este mundo. Un mundo viciado de una manera sobrenatural por la «pasta» que maneja; y que curiosamente, aún sigue conservando el nombre de una de las mayores patentes de la historia de la humanidad con una tradición de más de 160 años de historia como es Fútbol sin haber pagado ni un duro por ello. Debería de estar prohibido.

Ha tenido que ser en un arrebato de Dios –pandemia–, cuando el deporte que más dinero maneja, se haya dado cuenta del valor real que tiene el aficionado que, jornada tras jornada -iba a decir domingo tras domingo-, hace el enorme sacrificio tanto económico como en horas a veces intempestivas, de acudir a animar a su equipo.

Sin los aficionados se pierden los decibelios necesarios para promover la adrenalina de los jugadores. Sin nosotros, los ingresos económicos descienden lo que –salvo el dinero proveniente de los petrodólares–, provoca el resentimiento de los bolsillos de los clubes y jugadores, por qué no decirlo, retribuidos como verdaderos héroes (vamos como si fuesen médicos o cirujanos que salvasen vidas –mi solidaridad vaya con ellos en estos momentos–).

En definitiva, que la salsa la ponemos nosotros, los que poblamos y damos calor a las voluminosas y mega-estructuras de cemento construidas para dar cobijo al deporte rey. Somos IMPRESCINDIBLES.

Por todos los que amamos a este extraordinario deporte, –lo hago extensible al resto de especialidades–, me pongo de pie como diría mi admirado periodista sevillano Víctor Fernández, para decir eso de: «GRACIAS, AFICIÓN». Gracias por ser una parte fundamental del espectáculo.