Pedro es la piedra angular de la Iglesia fundada por Cristo desde el momento en que, según cuenta Mateo el evangelista, le reconoció como el "Mesías, Hijo de Dios vivo". Simón se llamaba aquel pescador rudo, sencillo, sin formación académica, más que la que le dio una vida rodeada de redes y aparejos, quien supo sin embargo descubrir la verdad que se mostraba ante sus ojos y por ello, el Señor le reconoció, incluso pese a negarle, con este título que le identifica a través de la sucesión apostólica y le entregó las llevas del Reino de los Cielos. 

Fernando Simón es el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, es decir, el mediático portavoz del Gobierno en materia de Sanidad, que desde hace un año nos es tan familiar por sus diarias intervenciones para analizar la evolución de la pandemia que nos azota como sociedad y por sus apariciones en otros espacios televisivos y sus entrevistas en revistas no precisamente especializadas. Este jueves, Simón, que no Pedro, el apóstol, comparó el riesgo de contagio de la Covid-19 en las procesiones de Semana Santa, canceladas en Andalucía por segundo año por culpa de la pandemia, y las manifestaciones previstas este próximo 8 de marzo, por el Día de la Mujer. Simón considera que "no es lo mismo estar bajo un paso de Semana Santa que en una manifestación con 500 personas", justificando de este modo la autorización que daría la Delegación del Gobierno en Madrid a las manifestaciones del Día de la Mujer.

De un modo rotundo, alguien que debería ser totalmente aséptico en sus juicios, científicos en todo caso, volvió a errar con estos comentarios poco afortunados y que manifiestan que, por desgracia, la gestión de la pandemia está supeditada a la ideología o los intereses políticos. Da igual que sea una movilización feminista que unas elecciones autonómicas o unas protestas exigiendo la libertad de un ¿rapero? El problema radica en la diferencia de criterios que lleva a suspender unas expresiones y a permitir otras.

La suspensión de las procesiones de Semana Santa del pasado año no fue más que un anticipo de lo que vuelve a ocurrir este. Una situación, por otra parte, perfectamente asumida desde mucho antes de que se hiciera oficial por el movimiento cofrade, que está demostrando un rigor y una responsabilidad cívica envidiables. Para ser buenos cristianos hay que ser buenos ciudadanos, decía Don Bosco. A pesar del sentimiento de melancolía que irremediablemente nos invade y que, con seguridad, se convertirá en profundo dolor cuando vuelvan los días Santos y no podamos revestir nuestro hábito por segundo año consecutivo, cometeríamos los cofrades un grueso y hasta obsceno error si nos sintiéramos los más desgraciados por este hecho, ante tantos y tantos enfermos y difuntos.  

La sociedad libra una batalla mucho más importante ante una pandemia que muestra su cara más letal y la suspensión de nuestras estaciones de penitencia tienen que pasar ya no a un segundo, sino a un tercer plano. 

Pero llama la atención y puede llegar a indignar la indefinición de Simón. O las diferentes varas de medir. O todos moros o todos cristianos. Porque en cada decisión, parece que los cristianos llevamos las de perder. 

Si se han cancelado las procesiones, cómo se puede pensar en otro tipo de manifestaciones callejeras por muy legítimas y necesarias que sean sus reivindicaciones. Cómo pensar siquiera, con este ritmo parsimonioso de vacunación, en que pueda haber Feria de Agosto. ¿Es que no aprendemos de los errores? ¿Esto tampoco va a poder saberse? Cómo pensar en salvar ahora la Semana Santa después de haber estado pagando de manera terrible las consecuencias de haber querido salvar la Navidad. ¿Quién puede llegar a pretenderlo? Cómo se entiende que se pueda permitir una concentración multitudinaria el 8M, otra vez y pese a las advertencias, cuando hay abuelos que llevan meses sin poder ver a sus nietos, empresarios en la ruina, colas infinitas en las cáritas y los comedores sociales, el desempleo en máximos, enfermos solos atravesando un calvario y velatorios en la más estricta y obligada intimidad. 

Es difícil creer en algunos argumentos sencillamente porque se nota que tienen un barniz de falsedad. Más allá de los dos o tres casos aislados que íbamos a tener, en sus intervenciones públicas, alguien en principio respetado como Fernando Simón, está perdiendo el crédito él solito. "Simón, tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", dice el Nuevo Testamento. La piedra de Simón, de Fernando, cada vez está más erosionada y se deshace como la arcilla seca. Vendrán otros Días de la Mujer y otras Semanas Santas. Pero no para quienes se han quedado o pueden quedarse en el camino del virus inmisericorde.