Se puede ser más alto, más listo, más simpático, más alegre; hasta más guapo -de cara; eso seguro-, pero no se puede ser más tonto. El nivel subía como la espuma dadas las últimas monerías de Pablo Iglesias y tantos otros, pero el diputado del PP Carmelo Romero ha subido muy arriba. Su ‘tontuna’, que igual es para toda la vida, cotiza tan alto que me está obligando, prácticamente en contra de mi voluntad, a ‘gastar’ una de las dos columnas que escribo cada quince días por aquí y que tanto aprecio, a salir en defensa de un tío que ni siquiera me cae bien; que no sabe lo que es ‘currar’ más allá de los circuitos institucionales y que incluso se ha postulado para protagonizar algún artículo dada su ocurrente verbigracia y poco apego al realismo de a pie que es ese que camina por la calle, paga y viaja en coche particular más allá de las escalinatas de la Carrera de San Jerónimo.

Me estoy refiriendo a Íñigo Errejón; el hermano pequeño de cualquiera de los ‘mamuts’ que languidecen ‘asotarrados’ en los butacones del hemiciclo esperando a ver si suena la flauta otros cuatro año más -salvo Pablo; claro-. A Errejón, por una vez y sin que sirva de precedente; hay que darle un aplauso por haber llevado a las Cortes uno de los pocos temas que -junto a la factura de la luz, el paro y la subida del pan- se ha convertido en la verdadera gran pandemia de España y Occidente -y empeorando-. El hombre, con buen criterio y psicología, ha sacado del armario nada menos que la crisis colectiva de salud mental que nos envuelve en una suerte de abrazo del oso. Esta loca dolencia nos atiborra de pastillas ansiolíticas ‘legales’ y antidepresivos de colorines. No se visualiza ni se le ponen medios ni recursos, ya que, como todo lo que no mola, a casi le importa. El otro motivo es que los que la tienen que solucionar viven tan espléndidamente que… ¡Cómo van a tener depresión; si es que parece un chiste!

En el horizonte, soterrado, aflora un dato que hay que comenzar a lanzar sin pudor -pues como buen ‘plumilla’ sé que hasta en los medios era un tema tabú- y es el del suicidio; principal causa de muerte no natural en España. Sí si; es lo que tenemos cuando falla la psicología. Se trata de la consecuencia extrema del abandono de la ‘testa’, el último eslabón de la cadena. Suicidio es una palabra fea; una cosa que nos incomoda y de la que evitamos hablar, pero que se lleva por delante a más de 3.500 almas al año. Lo encerramos y lo arrinconamos porque no es ‘happy-happy’, ‘monadita’ ni ‘sugar-sugar’. Como ocurre con todo aquello que no da buen rollo, a la depresión, lo mismo que a la banca electrónica a partir del día 25, no nos gusta mirarla a la cara porque nos ‘meamos’ en los pantalones, o en faldas, según el género; porque preferimos escurrir el bulto, porque le tenemos pánico a entrar en ‘shock’ al sentirnos vulnerables en la piel del prójimo que no es otra que la nuestra; porque no hay sitio para la pena y menos con las redes sociales llenas de caras sonrientes a toda pastilla y colas de gente esperando a sacar un ticket para enseñar el blanqueamiento dental de oreja a oreja.

En fin, el tío lleva razón. Errejón lo ha soltado en la Cámara y justo a la hora del café para ver si a alguien se le atraganta, pero casi ni con esas. Esta pandemia, que nos ha dejado con la risa congelada en Instagram y una mueca retorcida que a duras penas recomponemos en público y cuando toca, se está cebando -y mucho- con el aguante de cualquiera; pero sobre todo con el de los más vulnerables. La mente vuela y se nos va la olla; literalmente. No es para andar de cachondeo. Es serio. Sin embargo, la mayoría de sus señorías reían. No se estaban ni enterando, tan ocupados con el ‘Candy Crash’. No le echaban cuentas. Al menos hasta que salió el apuntador de la cuarta fila para espetarle aquello de: «¡Pues ves al médico!». Que gracia tiene el ‘joío’, que diría mi vecina. Lo bueno es que Romero, con su arrebato de ingenio, perspicacia y buen gusto -en fin…-, ha conseguido justo lo contrario de lo que quería: Meter el tema en la agenda de todos los medios. No como debería haber sido, por la gravedad y la dejadez en las políticas de atención psicológico-sanitaria, sino por su comentario faltón, ridículo, vergonzoso e insensible. Ya se sabe, un clásico del tonto de la clase. Eso sí; luego pidió perdón por Twitter -al estilo Trump- y se quedó tan pancho. Mi apoyo a todos los afectados por este tipo de dolencias, por el peso de tener que ocultarlas y fingir, por la carga de la invisibilización, por el medio estigma que sigue existiendo en plena era de naves especiales. Todo mi desprecio a los de las risitas; a los idiotas que se ríen de este mal y a los que les recomiendo que lean, estudien y visualicen de nuevo ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’.