En plena tarde de Jueves Santo, acabo de levantarme del asiento, después de impartir una conferencia para el Centro de Formación Os Templarios, de Portugal. Una conferencia a la que han asistido docentes de las ciudades de Tomar y Abrantes. He bajado las escaleras para llegar al país vecino y luego las he subido para incorporarme a la vida familiar. Una forma de trabajo impuesta por la pandemia. He hablado sobre evaluación de los aprendizajes. Las familias, que acaban de recibir informes de evaluación de sus hijos e hijas, pueden tener interés en algunas de estas consideraciones.

En la escuela se evalúa mucho y se cambia poco. Algo falla. Eso quiere decir que no se practica la evaluación como una estrategia de comprensión, de diálogo y de mejora sino como un simple instrumento de medición, de selección, de comparación, de clasificación y de control.

Está claro que la forma de hacer la evaluación condiciona el modo de aprender. El profesor Juan Ignacio Pozo Municio, catedrático de Psicología Básica de la Universidad Autónoma de Madrid, especialista en psicología del aprendizaje, afirma que se le podría decir a cada docente: dime cómo evalúas y te diré de qué forma aprenden tus alumnos y alumnas. Tiene razón.

La evaluación condiciona el proceso de enseñanza y aprendizaje. Un proceso de evaluación pobre, propicia un proceso de enseñanza y aprendizaje pobre. El conocimiento que se adquiere en la escuela tiene valor de uso (por tantos motivos discutible) y valor de cambio. Es decir, que si demuestras que lo has adquirido, te lo canjean por una nota, por un certificado. Y el modo de obtener ese certificado es el éxito en la evaluación.

Desde que la investigación hace hallazgos sobre el aprendizaje y la evaluación hasta que se generaliza su implantación en las aulas pasa demasiado tiempo. Estoy viendo preparar a mi hija unos exámenes al estilo más clásico, aprendiendo datos y fechas «para el examen». «Esto entra», «esto no entra». Si no entra, no merece la pena ni ser leído. Y me dice que si hay variaciones en las respuestas respecto a lo que dice el libro, no conseguirá una buena nota. No la veo disfrutar estudiando. No sucede lo mismo con los hallazgos de la ciencia en otros campos del conocimiento. Si se descubre esta tarde un abono eficaz para el crecimiento de los tomates, la comercialización generalizada es inmediata.

Me preocupa mucho que el modo de evaluación imperante siga siendo el de repetir fielmente lo que el alumno lee en el libro o lo que escucha al profesor.

Le oí decir en cierta ocasión a una profesora:

Atención, esto es muy importante. Tenéis que aprenderlo de memoria para el examen. Bueno, y si alguno no es capaz de aprenderlo de memoria lo puede decir con sus propias palabras.

Creo que en este planteamiento hay un grave error. Es más difícil decirlo bien con las propias palabras, creo yo. Es más fácil aprenderlo de memoria. Lo que debería decir la profesora es lo siguiente:

Si alguno no es capaz de decirlo con sus propias palabras, que lo diga como un papagayo repitiendo lo que dice el libro. Aunque no entienda lo que dice.

Dice Doyle que en un aula puede haber tareas de memorización, algorítmicas, de comprensión, de análisis, de comparación, de opinión, de creación. Cualquier lector o lectora me diría que estas tareas están ordenadas por orden inverso a su complejidad intelectual. De menos a más y todas necesarias. Pero si preguntase de cuál hay más en los exámenes, probablemente se me diría que hay más de las menos complejas, de las menos ricas. Con lo cual se mostraría que se están favoreciendo con la evaluación las tareas intelectuales más pobres.

Acaba de editarse un libro en Chile del que he tenido el honor de escribir el prólogo. Se titula ‘Estrategias para desarrollar habilidades de pensamiento en la Educación Superior’. Lo coordina, entre otros, mi antigua alumna Margarita Aravena Gaete. Los diversos autores y autoras explican cómo trabajar estrategias para desarrollar el pensamiento complejo: la simulación, el diálogo, la comparación, el pensamiento crítico, el aprendizaje basado en problemas… Interesante aportación que puede ser aprovechada en otros niveles del sistema educativo.

Cuando de lo único que se trata en las evaluaciones es de repetir, sin garantizar que se haya comprendido, es fácil que se instale en la enseñanza y en el aprendizaje un pobre y aburrido mecanismo de reproducción. Lo cual da pie a disparates que, conocidos en superficie, dan risa pero que, analizados en su fondo, producen tristeza y preocupación. He de reconocer que, en algunos, no falta ingenio.

Tengo, al respecto, un anecdotario interminable. Hace poco me contaban que sobre un pentagrama el profesor había dibujado las notas de la escala musical. La pregunta era: Escribe el nombre debajo de las diferentes notas. El alumno había puesto su propio nombre debajo de las siete notas de la escala musical. Se había escabullido hábilmente de la demanda.

Hace unos días me ha llegado un mensaje con un examen de química en el que se le pregunta a un alumno por fórmulas diversas. En una de ellas se enlazan dos símbolos del cobre: Cu, Cu. Imagino al torpe o al divertido alumno, escribiendo a continuación en el espacio de la respuesta: cantaba la rana.

Me lo contaron en Chile. A un alumno se le pregunta en un examen de ciencias a qué se refiere la sigla ATP. En lugar de responder adenosín trifosfato, un nucleótido fundamental en la obtención de energía nuclear, escribe lo siguiente: Asociación de Tenistas Profesionales, sigla que le es mucho más familiar.

En otras ocasiones, el desconocimiento de la respuesta solicitada lleva al evaluado a buscar subterfugios para llegar a donde tiene algo que decir. Un alumno se estudia un solo tema de Ciencias Naturales, con la esperanza de que la suerte le favorezca: los gusanos. No es así. Porque el evaluador le pide que hable de los elefantes. El alumno, profundamente decepcionada pero aparentemente tranquilo, responde:

Los elefantes son unos animales muy grandes, que tienen cuatro grandes patas, unas orejas enormes que casi les llegan al suelo, dos colmillos de marfil y una trompa en forma de gusano… Y los gusanos se dividen en…

Como digo, el anecdotario, es infinito. Hace años se publicaron varias antologías del disparate. Para reír y para pensar profundamente.

Un profesor de religión pregunta a un alumno:

¿Cómo mató David a Goliat?

Sorprendido por la pregunta, sin tiempo para pensar, contesta precipitadamente:

¡Con una moto!

Pero, por favor, dice el profesor, ni siquiera existían entonces las motos.

El profesor repite la pregunta al compañero de pupitre.

¿Como mató David a Goliat?

Este, más atento, estudioso y aplicado, contesta.

Con una honda.

Muy bien. Se ve que has estudiado, dice el profesor.

El compañero, cariacontecido y enfadado dice a media voz:

Qué injusticia, a mí me suspende solo por no saberme la marca.

Cuando aprobar se convierte en un objetivo más importante que aprender, lo único importante es el resultado. Y para conseguir un buen resultado, vale todo. Recuerdo la historia de una alumna a la que su madre ve la palma de la mano completamente llena de diminutas letras de bolígrafo. Sabedora de que su hija tiene un examen, no tiene la menor duda de que aquellas microscópicas líneas son una ‘chuleta’. Cuando le pregunta qué lleva escrito en la mano, la niña se mira la mano y, con un gesto de enorme asombro, dice:

No sé. Me habré apoyado en un libro sin darme cuenta.

Estrategias tramposas que buscan el éxito. Más irracional aun es rezar para alcanzar del favor divino un aprobado. Así rezaba una perezosa adolescente:

- Señor, por favor te pido que Felipe II sea hijo de Carlos V. Es lo que he puesto en el examen.

Es preciso reflexionar sobre la naturaleza y el sentido de la evaluación. Eso han hecho esta tarde los esforzados docentes portugueses. Después de hacerlo, es necesario tomar las medidas necesarias para enriquecerlo y convertirlo en un instrumento de mejora de la enseñanza y del aprendizaje. Tendemos que hacer, les he dicho, una evaluación educativa, es decir, que eduque a quien la hace y a quien la recibe.