Como no podía ser de otra forma, las luces cincelan las sombras. Y al revés. Por supuesto, empezaremos con las luces. Ya que son estas latitudes de querencias luminosas. No en vano el maestro Vladimir Nabokov, el genio que llevaba en su cerebro dos grandes literaturas, la rusa y la norteamericana, dejó escrito aquello de que la vida humana es tan solo una serie de notas a pie de página. Las páginas de una larga y a veces oscura obra maestra, siempre sin terminar.

En Marbella, cerca de la calle donde vivo, se levanta un edificio portador de una denominación y unas funciones importantes: es el Palacio Municipal de Ferias y Congresos de la ciudad. Se lo debemos a la visión y al tesón de un buen alcalde de los años ochenta, también inolvidable amigo: don José Luis Rodríguez. Cuando mi mujer y yo llegamos en abril de 1964 a Marbella, a la que por encima de todo deseamos seguir amando, nos encontramos con un inesperado paraíso. Un amable y civilizado Edén que no dejaba de deslumbrarnos, sumido en una milagrosa eclosión de magias y perfecciones. Recuerdo un paraje singular: la desembocadura del Arroyo Guadalpín. Rodeado por pinares y risueñas viviendas y fincas de labor, además de un gran hotel que estaba a punto de ser inaugurado. Se levantaba éste, ya apuntando maneras, junto a la playa. Lo llamaban el Don Pepe. Cerca del antiguo puente bautizado con el nombre del Cristo del Guadalpín, al que prestó su nombre uno de los arroyos más bellos de Andalucía. Desde las cumbres de la Sierra Blanca se desliza éste por peñascos, umbrías y jarales. Siempre nos aseguraron los ancianos del lugar que nunca se seca ¡Dios sea loado!

El Palacio de Congresos vino años después. En él se celebraron acontecimientos muy importantes. Tanto para la ciudad como para España. En él fuimos convocados recientemente mi mujer y yo por las autoridades sanitarias regionales, dentro de la campaña de vacunaciones destinada a proteger la población de los estragos de la Covid-19. Ya nos habían comentado que aquello estaba funcionando bien. Pero la realidad nos preparaba una grata sorpresa. Las expectativas de los ciudadanos se estaban superando. Ampliamente.

Nos lo confirmaron allí mismo unos buenos amigos alemanes, a los que conocemos desde hace muchos años. Para ellos era obvio que tanto los profesionales sanitarios de la Seguridad Social andaluza como el voluntariado local de apoyo estaban haciendo un trabajo excelente. Según nuestros amigos, todo funcionaba allí mejor que en Alemania. Estaban fascinados por la amabilidad y la eficacia de los profesionales de la Sanidad Pública y por la generosidad y la cálida humanidad de los voluntarios. Nuestros amigos recibieron sus dosis de la vacuna en una de las amplias dependencias del palacio; sin el menor problema. Todos y cada uno de los intervinientes había cumplido perfectamente con su cometido. Tanto los estupendos profesionales sanitarios como los generosos miembros de una admirable asociación local de ayuda social, sin ánimo de lucro, a la que conocemos y admiramos como Marbella Voluntaria. Dimos las gracias a su incansable presidenta, doña Carmen Bartomeu Godoy, siempre presente, con sus buenos consejos y su ayuda. Cumplieron todos con su misión. Fue una buena experiencia.

Ya lo decía mi convecino en estas páginas de La Opinión de Málaga, el eminentísimo profesor Miguel Ángel Santos Guerra en su artículo (’La vacunación como metáfora’) del sábado pasado: «Nosotros tenemos que construir un mundo lo más alejado posible de la selva. Un mundo en el que, al entrar, pueda leerse: ¡Tenemos que salvarnos juntos! Debemos construir una sociedad más justa, más solidaria, más habitable. El camino es la educación, que no va a transformar directamente el mundo. Va a formar a las personas que puedan conseguirlo».