En su literal, hablar consiste en emitir palabras codificadas ordenadamente, pero en su esencia, cabe una mirada más sutil. Hablar no exige sonido alguno. Nótese que una sonrisa aquiescente da pie para un libro, que un inesperado roce piel contra piel enciende el kit completo de las emociones parlanchinas, que una breve mirada derriba los muros del desencuentro, que el vertiginoso recuerdo de un instante reescribe al dictado lo mejor y lo peor de unos tiempos pretéritos, que pudieron durar años...

La sonrisa de un bebé mientras sueña es la narración de un extensísimo tratado de presente, la relación entre un niño y su amigo-hermano, sea humano, perro, gato, conejo, hámster, pajarito..., es una prolija explicación de la nobleza, de la empatía, del compromiso, de la reciprocidad, de la responsabilidad sin condiciones ni límites... Los amaneceres y los atardeceres hablan silentemente del carácter circular de la existencia, las pandemias errantes, además, son silenciosas fedatarias de que el hombre sin besos y sin abrazos es un ser gravemente mermado de su esencia prístina.

Nada más mudo que una consciencia adormecida por las pócimas alucinógenas del postureo, por los embriagadores elixires del amansamiento, por los deletéreos bebedizos de la mentira y por las prescripciones moralistas de un sistema que empuja al hombre a vivir en las afueras de sí mismo. Paul Valery, el poeta galo que quería ser marino, lo expresó sin rodeos: «El hombre es un animal encerrado fuera de su propia jaula». Sin embargo, a contrario sensu, nada más facundo que la consciencia despierta que identifica al conocimiento como el corredor de acceso a la sabiduría. «Todo lo que nos empecinamos en ignorar de nosotros mismos terminará haciéndonos la vida imposible». Con esta rotundidad se refiere al despertar de la consciencia Alejandro Jodorowsky, ese irrepetible y polifacético personaje que pregona ser un verdadero místico-ateo. La consciencia es la timonel de todos los silentes interlocutores del ser humano.

La escritura mediante la que muy a mi pesar a menudo yo lo maltrato, amable leyente, también dispone de agentes que apuestan por el habla silente. Por ejemplo, los tres puntos (...), denominados «puntos suspensivos», a los que ni las plumas más veloces dan alcance en prontitud narrativa. Los puntos suspensivos, que han de ser tres y no más si queremos ser precisos, son una invitación a abrir la puerta de la imaginación pensando en el Universo en toda su extensión. El que escribe, con tres simples puntitos invita sin palabras al que lee, para que sea él quien añada su particular aportación al mensaje.

Los dos puntos (:), tan manoseados últimamente como emoticono, también tienen una especial misión silenciosa. Obsérvese que el que escribe, mediante la escueta llamada de los dos puntos, requiere y consigue la plena atención del que lee.

–Ojo, atención, no se pierda lo que sigue –más o menos tal que así es el callado mensaje de los dos puntos.

El punto, la coma, el punto y coma, la raya, el guión... forman igualmente parte del hablar silente al que me refiero hoy. Y, además de lo expresado, acabo de tomar consciencia de que existen otros hablares silentes en fase de cuarto creciente. Me refiero a las impostaciones verbales de los representantes del cenit y el nadir de nuestra política, cada vez más amnésica de la elegancia y del estilo esmerado que otrora la alumbraran.

Nuestra política patria, además de la elegancia y el estilo, está perdiendo la responsabilidad, la cortesía, la buena educación, el respeto, la razón..., y hasta la salud mental, por minutos. Baste, si no, como muestra, el último botón escenificado por la señora Monasterio y el señor Iglesias, catequística y curiosamente asociados por sus apellidos:

Ni los ensañados silencios del bisbiseado tono monástico de doña Rocío, que contrastan con el impulsivo vocerío de sus predispuestas bases, ni los malévolos silencios del monocorde tono eclesial de don Pablo, que desentonan con la confundida algazara variopinta de las suyas, son nada de fiar. Para mí, entrambos, rotundamente ninguno.

Pero, a Dios lo que es de Dios y a doña Rocío lo que le corresponda según se expresen los silentes custodios de la buena convivencia, porque durante el último cónclave monástico-eclesial fue doña Rocío quien en pos de su particularmente errado telos monástico perdió sus monásticos papeles y sobrepasó los monásticos límites de lo admisible.

Ay, la vesania eclesial y monástica en carne viva...