Desde las islas griegas del Dodecaneso y sobre todo desde Kalymnos y Symis, habían llegado hacía ya mucho tiempo a aquel rincón de la costa oeste de Florida los legendarios pescadores de esponjas. El lugar que los acogió se llama Tarpon Springs. En honor del ‘Tarpon Atlanticus’, un batallador y plateado rey de aquellas aguas, que puede medir hasta dos metros. Muy duro de pescar.

En 1947 las inmensas colonias de esponjas de Tarpon Springs fueron casi exterminadas por una invasión de algas rojas. Para celebrar el 100 aniversario de la fundación de aquel pueblo marinero y propiciar su pronta recuperación se contó con un personaje de excepción: Su Santidad Bartolomé I, el Patriarca de Constantinopla. Llegaba el ilustre prelado desde su lejana sede en las orillas del Bósforo para bendecir en el día de la Epifanía las aguas del Golfo de Méjico y los ‘bayous’ de Tarpon Springs. Desde hace años es obvio que las colonias de esponjas se han recuperado felizmente. Tanto para la satisfacción de la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa Griega como para la de los habitantes de aquellos hermosos parajes de la otrora española Florida.

Nos habían asegurado que Tarpon Springs era una interesante y atractiva versión de la mediterraneidad. Y allí habíamos aterrizado para reponer fuerzas un grupo de hoteleros europeos, ya avanzada la mitad de la década de los años setenta. A mitad de camino en nuestro periplo de cada otoño por los Estados Unidos de América. Es un honor el citar sus nombres: Adriano Bento, del Hotel Penina Golf del Algarve. Julian Payne, del Dorchester londinense. Kurt Alchenberger, del Schweizer Hof de Lucerna. Malcolm D. Williams, el ilustre vicepresidente de la neoyorquina Robert F. Warner Inc. Gerhard Paul, del Bristol de Viena. Y Pierre Jammet, del Bristol de París. Además, un servidor de ustedes, proveniente del marbellí Hotel Los Monteros.

Aquella noche presidió la mesa el decano del grupo, nuestro buen amigo y maestro, Malcolm D. Williams. Compartía el pan y la sal con los citados, Pierre Jammet, en aquella época director y propietario de uno de los excelsos hoteles de París: Le Bristol, la joya de la rue du Faubourg Saint-Honoré. En la sobremesa, entre el aroma de los cafés y los vegueros elaborados en la vecina Tampa, nos contaba Pierre cosas de su hotel. Al que se refería como si fuese la modesta pensión de un barrio periférico de la capital de Francia. Le comentó Malcolm Williams, que para él, la reja que protegía el hueco del ascensor del hall del Bristol siempre fue una de las obras de arte verdaderamente imprescindibles de París.

No se quedó Pierre Jammet indiferente ante el comentario. Nos contó que cuando el ejército alemán ocupó París en 1940 el único gran hotel que no fue requisado por las autoridades del Tercer Reich fue Le Bristol. El embajador de los Estados Unidos, el honorable William C. Bullitt, había conseguido que los alemanes autorizaran la utilización temporal del hotel como una dependencia administrativa de la embajada norteamericana, todavía sede diplomática de un país neutral. Y esto lo aprovechó el papá de Pierre, Monsieur Hyppolite, para ofrecer refugio en su hotel al arquitecto Monsieur Lerman. El que fuera el ayudante del autor del proyecto del Bristol, el maestro Urbain Cassan. Cuando en diciembre de 1941 Alemania declaró la guerra a los Estados Unidos, el hotel pasó a depender de un tal Fritz Bodo, el despótico jefe de Protocolo de la embajada de los ocupantes. Nos contó Pierre que a partir de ese momento la presencia del arquitecto, de origen judío, podría haber tenido consecuencias irreparables para los miembros del equipo del Bristol, convertido ya en lujosa residencia de altos personajes del nazismo.

Se las ingeniaron ambos, protector y protegido, para construir un escondite perfecto. Hicieron desaparecer la habitación 106, camuflándola como una escalera de servicio. Para aliviar las interminables horas de reclusión, durante la noche, aquel huésped clandestino, Monsieur Lerman, se deslizaba por las dependencias del Bristol, ideando proyectos y mejoras para el hotel. Las que siempre comentaba con Hyppolite Jammet, su valeroso y secreto anfitrión. Una noche, en un trozo de papel, diseñó la que sería la reja de ascensor más bella de París. Un día de 1944 la ciudad de la luz fue liberada. Y Monsieur Lerman pudo admirar tranquilamente su reja, como un símbolo sagrado de la libertad y la grandeza del espíritu humano. Levantada en el eminentemente civilizado hall de aquel admirable hotel, el que un día hizo una espléndida realidad el talento y el tesón de la familia de nuestro amigo Pierre, en el número 112 de la rue du Faubourg de Saint-Honoré.