Ser friendly de todo es algo que se ha convertido en obligatorio cuando formas parte del espectro público en el ámbito que sea.

Todo tiene que ser bueno. Todo es positivo y pobre de aquél que piense que algo no está bien planteado, no tiene sentido o simplemente no genera nada positivo. En ese caso, sencillamente estás muerto.

La situación actual, donde el foco está puesto antes de que hayas llegado a ponerte delante, resulta harto complicado acertar. El sistema ha creado y adoptado como válidos unos protocolos surrealistas donde, por alguna razón, se piensa que agradar a las minorías es lo más efectivo en el plano electoral o de reconocimiento público y social.

Así, ahora mismo en España nos encontramos en ámbitos locales, regionales y nacionales situaciones que invitan a pensar que algo no estamos haciendo bien.

Gobiernos cogidos con alfileres bajo los mandatos o amenazas de cuatro gatos que son los que sostienen que fulano o mengano gobiernen. Un ejecutivo amarrado con longanizas que ponen minorías poco populares como los extremistas, independentistas y nacionalistas. Un gobierno andaluz -que no ha salido malote y que está gestionando la pandemia súper bien-, pendiente de grillados racistas y un ayuntamiento donde personas serias, formales y que vienen de vuelta como es el caso de nuestro alcalde, teniendo que aguantar a personajes tan chusqueros como Juan Cassá. Y ojo, que lo peor de todo es que, los ves, sabes que no pegan ni con cola, pero aún así no tienen más remedio que hacer el papel de su vida por si hay algún subnormal que se lo cree.

Es cierto que en la vida hay que tratar con gente con la que jamás compartirías mesa y mantel, pero resulta algo cansino que las llaves de las minorías sean las que marquen la pauta, la agenda y el ritmo de nuestras ciudades, comunidades y del propio país. ¿Es un sistema legal? Por supuesto. ¿Respetable? Faltaría más. Pero nada de eso es incompatible con que sea un verdadero despropósito, algo injusto y en muchos casos frustrante.

En cualquier caso, todo apunta a que eso no será fácil de cambiar. El sistema está formulado de tal manera que los cambios sustanciales cuestan trabajo y quien se favorece de ellos no lo toca. Sin embargo, el que está fuera y pide su cambio, cuando llega al trono hace tres cuartos de lo mismo y el caballo sigue con la misma montura desde que era un potrillo.

En esta situación de apartheid de lo normal y común, son muchas las manifestaciones de idiotez que debemos comernos a diario. Desde la generación de necesidades que únicamente justifican a quien las defiende -chiques- hasta el uso indiscriminado de elementos comunes hasta pervertirlos -VOX-.

Es algo histórico. Ya lo demostraba Aznar cuando afirmaba que hablaba Catalán en la intimidad -porque el enano trincón le hacía posible el gobierno-, o las épocas doradas con Arzálluz que, curiosamente, tiempo después era prácticamente un proetarra y el señor seguía diciendo lo mismito que aseveraba años atrás. Cosas de la vida. O del interés. Pero por el camino, en las cunetas, lo que quedaba era el ciudadano medio con la cara partida.

Ciudadano medio. Un clásico. El que no es rico pero tampoco pobre. El del jamón en Navidad, la cuenta corriente siempre to the limit, que no tiene para nada pero le alcanza para casi todo. Éste vive en la miseria moral para los mandatarios. Ése no tiene derecho a que se le atiendan sus peticiones. Cero. Ninguna. Salvo una: pagar. Eso que llaman contribuir pero que, a efectos prácticos es soltar el dinero que no tienes.

El ciudadano medio es el que no se manifiesta salvo en casos extremos -cuando ETA mataba o tras el 11-M-. El ciudadano medio no protesta. No tiene tiempo. Protesta en su casa con su pareja, sus amigos o sus niños. Es educado por sistema y no tiene otra opción. Tiene que seguir viviendo y quiere hacerlo feliz y en paz -como Jarcha-. Trabaja -o lo intenta-, lo hace lo mejor que puede y en ello centra gran parte de su vida. Básicamente porque tiene que comer y, si le va bien, quiere comer cada vez más y mejor. Son personas que buscan mejorar. Quieren más y más bueno. Sin molestar a los demás y rogando que no les molesten. Y pagando muchísimo por todo. Eso siempre. Pero planchan a la hora de planchar habitual. Ponen la lavadora en horario normal. Y tienen un coche. O una moto. O las dos cosas. Y cuando hacen frío ponen el aire. Y si pueden reciclan. Y si no pueden, duermen tranquilamente. Priorizan.

Y para ellos no hay nada. Cero. Absolutamente nada. Solamente pagar. Y ver como las minorías marcan el compás de la canción que ellos también subvencionan sin abrir la boca. ¿Es justo tal cosa? Obviamente no. Pero las minorías también contribuyen y por lo tanto tienen los mismos derechos. Correcto. Igual de correcto que debería llegar el momento en el que los gestores se preocuparan de la gran masa de ciudadanos medios y no tanto de los que no entran en el gran perfil. Por razones sencillas y obvias. Primero porque sin ellos no hay dinero. Y segundo porque como llegue el día en el que abran la boca, se van a ir a tomar viento absolutamente todos.

Hace unos días, con la Alameda Principal recién terminada y ahora tuneada para meter un carril bici para los que decían que carril bici no pero ahora carril bici sí, aparecía en redes sociales un video denuncia donde manifestaban que estaba todo lleno de peatones. ¿Y saben lo que pasaba? Que efectivamente, estaba todo lleno de peatones y coches por la calzada. Y no había bicicletas -creo que una-. Pero la mutación para tornar las cosas es un martillo pilón. La irrealidad repetida hasta convertirla en realidad. La minoría asumiendo la importancia de lo que a la mayoría no interesa. La vida misma.

Y el ciudadano medio, mientras tanto, buscando simplemente su pan, su hembra y la fiesta en paz. Así vivimos ahora. En la dictadura de las minorías. Y cada vez resulta más insoportable. ¿No podéis protestar pero para dentro? Viva Málaga.