Llegó la peor noticia. El pequeño cuerpo de Olivia yacía muerto en el fondo del mar, matarile. La imagino corriendo a brazos de su padre, feliz, confiada en que, junto al hombre más fuerte y bueno del mundo, nada malo podría pasarle. Era su padre. Corre hacia él sin soltar la mano de la pequeña Anna. Van a ver a papi. Jugarán, reirán, y seguro que le arrancan algún capricho. Era su padre. Les bastaba una sonrisa, una caída de pestañas, una voz melosa y ¡Zas! otra vez derribado. Ellas lo sabían, era su padre. Y él, con la mente envenenada de rencor, tejió una trampa perfecta abusando de la inocencia y del amor incondicional. Les dijo venid. Y ellas fueron muy contentas, porque era su padre.

Uno se pregunta qué clase de monstruo puede atraer la dulzura al matadero. Como aquella madre de Gijón que asestó 53 puñaladas a su recién nacido. Es incomprensible. Una al pecho, otra a la garganta, otra en la barriga, otra en un ojo, y otra, y otra, y otra, y así hasta 53. No tiene explicación. No tiene perdón. Cuando suceden estas cosas me resulta llamativo que la gente acepte sin pestañear la existencia del demonio, del mal absoluto, y reniegue con contumacia de la simple idea de Dios, cuando, al menos filosóficamente, uno no es más que la ausencia del otro. Actos como los de esos padres son el antónimo de la primera Carta de San Pablo a los Corintios. Es un monumento al odio. Una traición a todo lo que se supone debe ser bello e intocable.

No ha sido un arrebato, tampoco una ofuscación o una explosión de ira. Fue metódico, frío, calculado al milímetro. Sopesando con extraño placer el infinito grado de dolor que esa madre padecerá cada minuto que le quede por delante. Venganza anunciada, dispuesta y cumplida. Y el ancla se hunde mil metros en el punto exacto lastrando a sus hijas a un paraíso tornado infierno. Ellas ya duermen, se convence él. Nunca las encontrarán, y su madre habrá muerto en vida.

Les reconozco algo. Si yo fuera guardia civil y encontrase el cadáver del padre, miraría para otro lado. Nadie me lo iba a reprochar. Que ese hombre no tenga sepultura, ni nadie que le llore, ni descanso eterno. Que sus huesos se arrastren por siempre golpeando cada saliente del fondo marino, pasto de los peces, hasta desaparecer de la historia y de la memoria de quienes le conocieron, porque no hay, no existe, un infierno adecuado que le haga pagar por lo que ha hecho.

Estas maldades se repiten cada cierto tiempo y sacuden la conciencia de una sociedad adormecida y anestesiada que se ha acostumbrado a este tipo de noticias. Hace falta un nuevo detalle macabro, otro grado de crueldad, para que centremos la atención en la última aberración. Padres y madres fuera de sí que abandonan su naturaleza y únicamente desean causar el mayor daño posible. Estas vilezas demuestran que el sistema falla, que no sirve, y está cimentado sobre ideologías e intereses que en nada coinciden con la protección de las víctimas.

Quienes matan a sus hijos no son padres. No son hombres. No son humanos. Son el mal encarnado, y como tal deben ser erradicados. Aunque haya que agrandar el infierno para que quepan todos.