Sonreír. Sonreír. Reír. Reír a carcajadas en silencio. Cantar en la ducha. Poner la música alta y gritar y gritar y gritar y, después, quedarme quieto y en silencio. Sacar punta a unos lápices de colores y oler el aroma de la madera y la mina recién afilada y evocar y, otra vez, volver a pintar. Besar, abrazar, darme la vuelta en la cama, en un duermevela, y seguir durmiendo. Respirar profundo, echar a correr y zambullirme en el mar como el jueves con las olas. Correr descalzo por la arena. Pensar, repensar, pensar distinto. Tener el máximo número de libros y empezarlos todos, a la vez, y no acabarlos nunca. Bucear en un arrecife. Faltar a clase, faltar al trabajo. Estar contigo un día más.

Creer, crear. Darle a Me Gusta en todas las publicaciones de todos vuestros muros de vuestras redes sociales. Plantar un árbol, podar la dama de noche, la buganvilla, el hibisco. Cruzar tu pueblo, tu ciudad, tu país, todo tu cuerpo…, en bicicleta, andando, quedarme quieto y en silencio. Respirar hondo, muy hondo, cerrar los ojos. Volar en gravedad cero. Asistir a un partido de Champions con amigos y celebrar un gol en el minuto 116. Contar chistes malos, porque el humor es un círculo plano, y reír a carcajadas en silencio. Pasar un invierno en NYC. Dejarme crecer la barba mucho, demasiado. Quitarme el bigote. Teñirte el pelo de amarillo. Cortármelo al cero. Despeinarme. Volver a sonreír.

Llorar de alegría, de emoción. Cantar mal en un karaoke -aquí no hay otra posibilidad, canto fatal-. Pintar un cuadro blanco, gigante, con ceras pastel, rotuladores y óleo. Comer ensalada de pasta en la playa de Maro una mañana de agosto. Jugar al fútbol en una plataforma petrolífera del Mar del Norte. Abrazar a mis hijas, muy, muy fuerte hasta que me digan «para, papá». Hacer el Caminito del Rey, el Camino de Santiago. Regalar una flor, un ramo de flores, regalar un campo de flores a mi mujer. Comer bocadillos de sardinas en Estambul a la orilla del Bósforo. Beberte una cerveza bien fría y brindar en Leipzig. Jugar al ajedrez con un buen amigo y hacer tablas. Dormir en un aeropuerto y soñar con aviones. Dormir bajo las estrellas en el Arrefice de las Sirenas, la Vía Láctea sobre nosotros, en el Cabo de Gata y, después, quedarme quieto y en silencio y dormir y volver a soñar.

Ir a Praga. Volver a Praga. Viajar con mis amigos, con mi familia, con mi chica, viajar solo… Hacer radio, hacer la radio que quieres. Hacer tele y seducirles a todos. Ser el periodista equilibrista, el amo de la pista. Leer un buen libro, cerrarlo y volver a abrirlo y seguir leyendo. Tumbarte en el césped y ver amanecer con Anita entre el sueño, el silencio y el pensamiento. Hacer una bomba en la piscina. Correr sobre la nieve. Hablar después de inhalar helio. Jugar, otra vez, al trompo, a las canicas, al Spectrum, a los Juegos Reunidos, al rescate… Coleccionar cromos de La Liga. Volver a la infancia, sí. Escapar. Volver a casa. Volver a escapar.

Madrugar. Trasnochar. Sestear. Beber un Luis Cañas con amigos en casa, una noche, esta noche. Hacerme un selfie y no publicarlo jamás. Crear mi propia empresa. Tener un ataque de risa con Álex, incontrolable, o en el peor momento, en directo. Cantar delante de un auditórium lleno, ya digo, mal. Traducir un poema sueco, inventarme un poema sueco. Empezar un diario y no acabarlo. Volver a Ashila, a Tagle, a la Playa de Los Muertos, a Wildwood. Ducharme vestido, bailar desnudo bajo una tormenta, por fin salir de todos los agujeros y, después, quedarme quito y en silencio… ENAMORARME, OTRA VEZ!!!!