Esta peculiar anécdota se remonta a la época en las que el barro aún daba tintes épicos a aquellos futbolistas que bregaban por las canchas llenas de calvas y convertidas en auténticos estercoleros los días de lluvia. No solo eso, sino que todo tipo de triquiñuelas eran consideradas como la guarnición perfecta para disfrutar de una velada romántica de fútbol. Lástima que aquella devoción por aquel entonces haya dado paso a la lujuria y sadomasoquismo que ha poseído endemoniadamente al fútbol de hoy en día.

Pero mi gran pasión por este maltrecho deporte hace que resulte inevitable no echar la vista hacia atrás, para recordar una de las grandes travesuras/diabluras que uno de los más grandes en esto del fútbol, «El Narigón·, sacase a relucir en un momento determinado, dentro de su gran dossier de supersticiones y amuletos de los que se rodeaba antes del comienzo de los partidos.

La historia comenzó en La Plata durante la década de los 80, cuando un desconocido hincha de Estudiantes de La Plata llamó la atención del por entonces Míster «pincharrata», ni más ni menos que don Carlos Salvador Bilardo, el gran profeta de las grandes cábalas dentro del mundo del balompié. Su pasión por este deporte y sobre todo por lograr el triunfo a cualquier precio, le hacían buscar la fórmula de ganar a toda costa, más allá de la táctica. Con el «profe» Bilardo, todo valía en tanto en cuanto se lograse la victoria.

Según cuenta la leyenda, Kiricocho era el apodo de un pibe llamado Juan Carlos. Un solitario e impetuoso hincha de Estudiantes cuyas dificultades cognitivas no le privaban de estar en todo momento al lado de su equipo. Era un tipo peculiar –como el propio Bilardo–, hecho que lo diferenciaban del resto y lo que provocó que el mundo del fútbol lo aceptase entre esa delgada línea que separaba el cariño de la burla.

En ese contexto, Bilardo que aquel año de 1982 viviría su tercera etapa al frente de Estudiantes, apreció en una de las tribunas la existencia de un hincha que le llamaría la atención por su vehemencia a la hora de animar al equipo tras lograr una victoria después de un sinfín de derrotas consecutivas. Aquella mirada bilardista torcida hacia la grada tomaría tintes proféticos, y cuya víctima propicia se centró en Juan Carlos «Kiricocho».

Su obsesión por lo del más allá le hizo adoptarlo como a uno mas del grupo. Era el amuleto perfecto para gafar a los rivales. El plan macabro ideado por Bilardo era el siguiente: Primero, Kirikocho esperaba al rival fuera del estadio con una camiseta de tal club y le brindaba su incondicional apoyo para el encuentro. Luego de eso, lo situaban en la grada del equipo al que se enfrentaba Estudiantes; pero todo eso bajo incógnito. Y así jornada tras jornada.

Y ustedes se preguntarán: ¿Cómo le fue a ese Estudiantes con Kiricocho de amuleto? Pues ni más ni menos que saldría ¡campeón de Argentina! Curiosamente el único partido que perderían los pincharratas durante ese torneo, fue ante Boca. Todo tiene su explicación, y es que Kiricocho no pudo cumplir con su mufa al rival ya que los xeneizes contaban con seguridad privada que impedía a Juan Carlos realizar su ritual pre-partido.

La historia quedó como anécdota, pero se transformó en leyenda. Dejó de ser una «casualidad» para verse como «causalidad», el argentino lo adoptó como cábala e increíblemente dio la vuelta al mundo como así a ha ocurrido en la reciente Eurocopa 2020. Giorgio Chiellini, capital de la azzurra, al grito de «Kiricochoooo» hizo recaer la maldición en el joven de tan solo 18 años, Bukayo Saka, encargado de lanzar el último penalti inglés y convertir a Donnarumma en el gran héroe transalpino con una sensacional parada.

«Kiricocho era un muchacho de La Plata que siempre estaba con nosotros, y que como ese año salimos campeones (en referencia a 1982) lo adoptamos como amuleto. Era un buen pibe pero después ya no lo vi más. La última vez que estuve dirigiendo a Estudiantes (2003-04) pregunté por él y nadie sabía nada. Pero aunque no lo creas, cuando fui a España a dirigir al Sevilla (entre 1992 y 1993) hubo un penal para los otros (por los rivales) y escuché que alguien atrás mío gritó: ‘ Kiricocho, Kiricocho ‘. Yo no lo podía creer, hasta que el Cholo (Diego Simeone) y Diego (Maradona) me avivaron de que ellos lo habían dicho un par de veces y que el resto lo aprendió». C.S. Bilardo.

Aquel Estudiantes era un gran equipo, con Alejandro Sabella, Miguel Ángel Russo, Marcelo Trobbiani y José Daniel Ponce en el mediocampo, y se consagró bicampeón del Metropolitano 1982 y el Nacional 1983, aunque en este último torneo el entrenador ya era Eduardo Luján Manera (Bilardo acababa de hacerse cargo de la albiceleste tras su éxito reciente). Entre ambas campañas sólo perdió dos partidos, el citado contra Boca en 1982 y 0-1 ante Vélez en 1983, y la industria bilardista de cábalas coronó como campeones a ese gran elenco de jugadores, pero también a Kiricocho, que, primero fue una persona, para luego convertirse en ¡Leyenda! (Dedicado a mi gran amigo y bilardista de pro, José Antonio López Fernández).