"Bueno va", solía decir mi abuelo Antonio. Cuando un columnista no tiene nada que decir, habla de sus abuelos. Es legítimo. El texto es una ventana con cordeles donde cada uno tiende lo que le da la gana. Hay tangas y pijamas de franela. Hay jubilosas miserias y alegrías empobrecidas. Es un oficio vivir, pero no lo es tanto desnudarse. Cuando vengo aquí los sábados lo hago sin intención de convenceros de nada. Esto es sólo un desahogo y una sutil permanencia. Lo prometo con la mano sobre el libro más sagrado que existe, que es el de familia. A mí también me entusiasman las verbenas. Y el sonido del escobón barriendo el confeti. Y los recuerdos de otras vidas y los mitos del pan y la gaseosa. Si el aseo estaba ocupado, mi abuela María me metía la pichita en una botella vacía de Casera. Allí orinaba yo, tan crío, tan redondo, tan ajeno a lo que sucedería después: a la muerte, a pisos más grandes con amores más pequeños, a dobles baños, a dobles vidas. Crecer no es elevarse. Crecer es hundirse. Como tubérculos, con el pulso subterráneo, órganos reservantes, el empuje hacia la profundidad es también vida. Y la memoria. Siempre la memoria como un regalo metamórfico y salvaje.

Para entender el presente hay que entender el pasado, pero las preguntas de hoy no pueden satisfacerse con respuestas de ayer. Cada tiempo exige su pesar y su renuncia. Cajas de lata llenas de cartas que no queremos volver a leer. Juguetes rotos favoritos. Yo no creo que los columnistas tengan un plan diabólico para moldear nuestra conciencia social, yo sólo creo que la niñez es cloroformo. Que estamos embobados con aquella felicidad frágil. Que la incertidumbre nos arroja a aquellos brazos firmes. Las manos de mi abuelo eran como las raíces de una higuera. Las manos de mi abuelo y su voz que invento porque ya no me alcanzan los recuerdos. El bambito de María y sus cicatrices. El verano en el que Antonio se fue para siempre. Todos estamos en esto. En esta comunión perpetua. Está bien así, porque zambullirnos en nuestros propios ombligos es un arte noble. Creemos que nuestras vidas, como nuestros amores, como nuestros tatuajes, como nuestros libros preferidos, son únicos. Que se elevan sobre lo cotidiano. Que alumbran a los demás. Y está bien también, porque: ¿Qué sería de nuestra existencia si fuéramos conscientes todo el rato de esta absoluta e implosiva vulgaridad? ¿Qué sería de nuestra existencia si acarreáramos nuestra contradicción y nuestra futilidad a todas partes?

No voy a defender a Ana Iris Simón, porque allá cada cual con sus cosas, pero me sorprende Antonio Maestre, su autoproclamado azote, cuyo texto sobre las J’hayber en La Marea, decía esto: «Mi biblioteca de un libro se encontraba en un piso de la periferia de la periferia madrileña que mis padres, obreros sin estudios que se mataron por sacarnos adelante, compraron firmando a mano letra a letra hasta llegar a las 500, y que se encontraba situado en un descampado fuenlabreño». Ana Iris, en su debut como columnista en El País, escribió: «Abuelo, no fue leyendo a Eva Illouz ni a Brigitte Vasallo ni a Ortega, sino oyéndote hablar de la abuela que comprendí el amor: es dejar de plantar solo cosas que sirvan y regar, cada día, un tiesto con flores en su honor». Ay, si es que al final estamos todos enamorados de nuestra levedad. De los años que volaron. De los que nos acompañaron, con dedicación y torpeza, en aquella travesía diminuta. El pasado no es una linterna. El pasado sólo es sombra. Humo denso. Se llama educación, también lo es la emocional, todo eso que nos marcó la piel y la sesera. Y eso de dar las gracias por ser lo que uno es, qué vanidad. Es curioso que pugnemos por el pasado, dice mucho de nuestro presente. Batallamos con espadas blandas por tesoros ya esquilmados. Creo que cada cual es libre de contar su historia, faltaría más. No entiendo el orquestado resentimiento, no entiendo el frenesí ni la incomodidad. Me aburre el pensador seráfico, bienvenido el caos íntimo, lo melifluo, lo cursi, lo sucio.

Hay un ejercicio maravilloso y relajante con virtudes muy similares al yoga. De alguna forma, también sirve como tregua hacia nosotros mismos. Es una gimnasia quieta. Un deporte de ausencias. Es espiritual y terrenal en un equilibrio áureo. Se llama sudapollismo o sudacoñismo, en función del ejerciente. Su nombre no tiene aún traducción al español. Se practica tras leer opiniones que no nos representan o nos avergüenzan, se practica frente a la televisión o con un libro en las manos, se practica en el desayuno con los compañeros, se practica con el móvil en el regazo, en los grupos de Whatsapp, en la sala de espera de los centros médicos, en las colas del supermercado. Es un prodigio futuro.

No saltar como un yorkshire de terraza ante cada opinión no pedida o no agraciada. Evitar ese otro ejercicio, menos trascendente, que es estar a la que salta. No hay un plan para conquistar el mundo. Nadie quiere bajaros de vuestros burros. Aquí hemos venido a contar nuestras películas y se acepta no sólo la crítica, sino el lanzamiento de zapato. Pero cuando los mismos siempre cuestionan lo mismo pienso que no es placer sino trabajo. Es decir: que se ganan la vida con el pataleo. Que sus opiniones no son opiniones, sino mandatos, que sus flechas se las pagan otros, que los que más hablan de libertad son los que antes le ponen coto. Y quien los sigue sin condiciones ni reflexión, como pasaba en Hamelín, lo mismo valen para humanos que para ratas. «Bueno va», decía mi abuelo cuando tenía el olfato de que algo no iba con él, de que la solución no estaba en sus manos, de que era mejor seguir hacia delante, aún con dudas, en lugar de enredarse en jaleos e intrigas. Todos amamos aquellos tiempos en que la vida se observaba de abajo arriba, porque sólo los necios, los pelotillas y los apesebrados disfrutan mirándonos a los demás de arriba abajo. Y de esto, por supuesto, también nos advirtieron nuestros abuelos.