En mitad de la nada. A medio camino de ninguna parte. Estamos en ese epicentro entre Nochebuena y la noche de Reyes en el que las sobras de la Nochevieja salvan más vidas que el Ibuprofeno, los alegres villancicos son un eco lejano y los adornos parecen ir perdiendo su gracia. Las lucen ya no sorprenden al titilar, las familias se han contado todo lo confesable, el musgo del belén se ha secado y únicamente el leve anhelo por recibir alguna dádiva de Sus Majestades de Oriente mantiene a media luz el ánimo navideño. Trabajar entre guirnaldas y espumillones tiene un punto ridículamente amargo. Contradictorio, diría yo.

Pues así andamos, esquivando a Ómicron como quien huye de un cuñado coñazo o quien se hace fuerte en la posición exacta de la mesa que le impide levantarse a recoger por no levantar a media familia. Todo un arte del que se habla poco. Hay auténticos estrategas del escaqueo. Yo me levantaría, pero no puedo pasar, suelen confesar con fingida frustración. Y es que son días rarunos en los que deambulamos por un parque temático de fantasía, pero la realidad nos asalta en cada esquina. Como irte a Disneyland con tu cobrador del frac. Le resta ilusión a la experiencia. Disfrutas de la sonrisa de los niños y al segundo siguiente ¡zasca! escuchas que la luz vuelve a batir su propio récord, que el caos en la atención primaria se ha disparado, que lo de la frontera ucraniana no mejora, que vuelven las restricciones o que Juan Imedio no renueva con Canal Sur. Dramas todos de difícil solución que empañan los primorosos escaparates y diluyen cualquier tendencia al despiporre.

Y en este entretiempo nos sorprende Netflix con una gamberrada trufada de estrellas. No mires arriba, peli satírica (o no tanto) sobre el anuncio científicamente contrastado del fin del mundo por el impacto de un cometa y su escasa repercusión en la sociedad actual. La hayan visto o no, les propongo un ejercicio: allí donde dice un cometa pongan ustedes un virus. Llámenlo, no sé, Covid, por ejemplo; y descubrirán los originales patrios de cada personaje. Políticos inútiles, asesores iletrados, medios de comunicación que están a otra cosa, redes sociales ardiendo, billonarios sacando tajada, negacionistas recalcitrantes, etc. Los tenemos todos a tiro de piedra. Meto el cochinillo en el horno y enciendo la tele para hacer tiempo. Sale Pedro Sánchez dando su enésimo mitin sin preguntas, con su eterno blablablá, cantinfleando a todo lo que da, publicidad engañosa, programa incumplido. Más de lo mismo con él. Cierro los ojos, me concentro y descifro su cantinela de siempre: Soy un elfo. Sí lo soy, sí lo soy. Soy un elfoooooo.

Alguien comenta que, por su bien, los niños deben recibir cuatro regalos como máximo: uno útil, otro para leer, uno deseado, y del cuarto no me acuerdo. Mi sobrina, que lo ha escuchado, grita cabreada porque ella ha pedido cinco. Mi hermano, su padre, intenta hacerla entrar en razón sin éxito con un largo e inocuo discurso, así que acaba por amenazarle, o te contentas con cuatro regalos o Franco vendrá para llevarte. Para sorpresa de todos, la niña contesta calmada y desafiante: Papi, hablas como el elfo de la tele.

Suena el timbre del horno. El cochinillo está listo. Salud para todes.