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La Opinión de Málaga

Vicente Almenara

La señal

Vicente Almenara

Asalto al Banco Central

En el piso están los tres rehenes, el presidente del banco, la consejera y la responsable de seguridad, y los atracadores, claro, con el jefe de los sediciosos al frente de los Equipos de Respuesta Táctica (ERT), que ha fijado un ultimátum de una hora para que se cumplan sus dos condiciones: que se retiren todas las fuerzas que rodean la entidad y que ellos puedan salir sin problemas, acompañados de la consejera y la directora para subir a un avión con destino a Cataluña. Si sus demandas no son atendidas, lo que ocurra solo será responsabilidad del presidente.

La decisión es difícil, pero está tomada.

- Mira, Flor. No tenemos muchas opciones, yo diría que no hay más que una. Vamos a negociar, ellos piden tu cabeza y la de… -y miró por un momento a Pilar, extrañamente tranquila en un ángulo del salón-. Solo les entregaré su cabeza y ellos ceden y se olvidan de ti, para que veas lo mucho que te aprecio, y como regalo les ofrezco algunos documentos que les van a interesar. Además, dejaré que tú nombres a su sustituta…

- Pero ¿cómo lo explicaré? La he defendido por activa y por pasiva, ella no ha hecho más que cumplir con su deber, fuera van a pensar que nos rendimos ante estos desalmados…

- No hables así, te están escuchando… Yo creo que es una buena propuesta, tu seguirás, además, como consejera del banco, y te digo una cosa, en el puesto de ella eliges a alguien de tu confianza, ya me entiendes…

- Es muy doloroso lo que me propones, pero todo sea por la gobernabilidad del Banco.

- ¿Se han arreglado ustedes? -es el número uno de la partida quien les habla-. Me parece acertado lo que he escuchado del presidente -y se retiró al sillón desde el que revisaba su teléfono móvil-.

Entonces, la sacrificada se acercó al presidente y a la consejera. Yo no voy a dimitir, no he cometido ningún delito, ni negligencia, nada, he hecho mi trabajo… Este es un negocio vuestro en el que no estoy dispuesta a ser cómplice, me tendréis que cesar…

- Mujer, no te pongas así -ahora interviene Flor-. Se me ha ocurrido que es mejor la palabra sustituir…

- A mí no me vengáis con eufemismos, quedáis a la altura del betún. Por mi trabajo conozco a muchos cínicos con cara de póker, a estafadores de altos vuelos…

- No sigas -levantó la voz el presidente-, todavía soy tu jefe. Te falta sensibilidad para aceptar tu sacrificio por el bien del banco…

- ¿Del banco o de ti para seguir en el poder? Sé más cosas de las que puedas imaginar…

Desde fuera llega una voz amplificada por megáfono: «Suelten a los rehenes y salgan con las manos en alto. No tienen ninguna posibilidad de huir».

El jefe de la banda -de estatura y barba recortadas, con gafas, vestido de traje- se sonrió y le hizo al presidente del banco una indicación de que se acercara.

- Toma este otro megáfono. Tú veras lo que dices.

- Soy el presidente. Vamos a tranquilizarnos todos. Hemos dialogado y hay un acuerdo. Ustedes se retiran, aparquen un autobús con conductor, se dirigirá al aeropuerto de Torrejón para tomar un vuelo a Barcelona. No debe haber ningún incidente en el trayecto. Entonces, la consejera y yo quedaremos en libertad.

- Señor presidente, pero usted está bajo amenazas, nos preocupa que su decisión no sea libre, además ¿cuál será la suerte de la directora?

- Mi decisión es libre y la directora solo se desplazará a Barcelona, más tarde regresará y ya habrá sido sustituida por otra mujer que en las próximas horas anunciaremos.

Desde detrás de las cortinas varios miembros del comando vigilan el desarrollo de los hechos en la calle. Pueden comprobar que las palabras del presidente producen un desconcierto inicial pero el que está al mando de las fuerzas ordena retirarse. En el interior del banco todos se preparan para partir. La directora es flanqueada por unos encapuchados. El jefe aparece con otra ropa, como uno más entre ellos, también con pasamontañas. Y salen al exterior, despacio, pero decididos, hasta el autobús, perdiéndose este poco después por las calles de Madrid.

Francisco de Quevedo lo dijo muy claro:

Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes ya desmoronados

de la carrera de la edad cansados

por quien caduca ya su valentía.

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