Independientemente del cristal de Campoamor con que se mire, cuando la política se convierte en herramienta del pane lucrando, el telos de la política se desvanece. Y, a renglón seguido, en virtud de la estructura intelectiva y moral de cada sapiens, la política se traviste ad hoc tantas veces como haga falta, cada hora. El telos travestido está tan absolutamente normalizado que a veces tengo la sensación serena de que la política que no se niega a sí misma, atendiendo al magistral marxismo de Groucho, ya no es política.

En síntesis, se me antoja que es como si los listillos del universo político anduvieran a toda velocidad por el circuito de su existencia y que a partir de la tercera vuelta confundieran la meta de salida con la meta de llegada, o dicho con otras palabras, confundieran de dónde vienen con adónde van.

La morbosidad política en nuestros días es tal que hasta ha mutado. Ahora los gametos políticos se demuestran tan suficientes bisexualmente que se autorreproducen, como queriendo reafirmarse en que «el sapiens es el peor enemigo para el sapiens». Y, ya puestos, por extensión y por simple silogismo, como queriendo reafirmarse en que «la política es la peor enemiga de sí misma». En este sentido es evidente que difícilmente sería posible una política enemiga de sí misma si el sapiens no cumpliera con su refrendada e inveterada aspiración de ser su peor enemigo.

No estoy seguro, pero creo que fue Oscar Wilde el que nos lego el pensamiento de que «definir es limitar», que, referido a las actividades artísticas, en mi humilde opinión, es una verdad unívoca, pero que aplicado a las actividades normativas pudiera ser una aberración irreparable. Escribir una Constitución para ser aplicada por una amalgama de sapiens que van desde la brillantez exquisita al descerebramiento acerbo, pasando por una pléyade, que es la media, en la que el pane lucrando y el figureo empoderado forman parte del telos, no es lo más conveniente. Pretender dignidad solo por pertenecer in pectore a la tribu de los nebulones, tampoco.

Seguramente que lo que sigue denotará rareza, pero a uno, amable leyente, le sorprende sobremanera que para obtener el permiso para conducir un vehículo sea necesario un «examen de aptitud» y que para conducir el futuro de una nación, valga con ser «socio puntual» de una idea, generalmente ajena, que a veces se explicita, sea, por la necesidad biológica, porque comer hay que comer; sea, por la necesidad de reconocimiento, porque el famoseo por actuar entre las bambalinas y candilejas del proscenio político mola mazo; sea, por ambas necesidades a la vez.

Que conducir responsablemente un país no sea posible por la Ley de los Disímiles, que acabo de inventar en este preciso momento, me parece tan políticamente insólito como hacer política mientras peroramos en torno a los fallecidos a manos de un «covidado no de piedra» que, aprovechando nuestra incompetencia en el arte de surfear las olas a nuestro favor, ha venido a demostrarnos fehacientemente la infinita pequeñez de nuestro fingido gigantismo político. Thoreau planteó su pensamiento en condicional, pero a mí hoy se me apetece parafrasearlo con la inocente candidez de una interrogante: ¿Hemos tomado consciencia de que andar insistentemente matando el tiempo con nuestra incompetencia lleva necesariamente implícita la irresponsabilidad temprana de estar hiriendo de muerte a la eternidad?

A Dios lo que es de Dios: nunca me atrevería a juzgar in extenso a la mayoría de nuestros representantes públicos, porque, probablemente, la mayoría de ellos sean brillantes entre las bambalinas y las candilejas de alguna actividad artística, deportiva, educativa, empresarial...

Al Cesar lo que es del Cesar: desde la atalaya de sus responsabilidades municipales, autonómicas y estatales, buena parte de los próceres entregados a lucir palmito entre las bambalinas y las candilejas de la política se han equivocado de oficio y, con ello, además de entorpecer grandemente, coadyuvan a desvirtuar el arte y la ciencia de la política, a base de lucir orgullosa y torpemente el palmito de sus carencias personales y/o partidistas.

Se me ocurre, por ir terminando, que aquellos que anduvieran perdidos y/o desnortados, y que por su tarda actitud estuvieran en claras vías de incumplir sus sueños en política, mejor que despierten raudos, se repongan y relean atentamente a Ortega porque pudiera ser que no saber lo que les pasa es precisamente lo que les pasa.