A dónde va la ciudad cuando se queda sola. La pregunta se ha instalado en mi mente -despojada de interrogaciones y en la plenitud de su inquietante belleza- tras leérsela a mi ídolo en el oficio de abrazar palabras, José Antonio Garriga Vela, en el último número de la Revista Litoral. En un relato titulado La ciudad desnuda, este alquimista de la prosa multiplica, a través de la literatura, la vida sin coches «ni tiendas abiertas, ni bares, ni restaurantes, ni cines» que nos ha inoculado el coronavirus.

Su brillante texto es una de las muchas creaciones con las que la mítica publicación malagueña demuestra, contra viento y marea, que es posible acercarse a la pandemia de una forma tan precisa como elegante y exquisita. Sin obviarla pero, a su vez, sin manosearla. En definitiva, acariciándola con aquellos horizontes libres a la interpretación de cada retina en los que confluyen la poesía y la historia del arte.

Las casi 300 páginas de este ‘mundo sensible’, tramadas bajo la dirección de Lorenzo Saval, abrigan un aliento balsámico e inteligente. Incluso, nos invitan a corroborar ante su heterogénea cartografía que, a pesar del ruido que impone el ‘establishment’ en plena crisis sanitaria, aún existen mundos paralelos en los que refugiarse a través de los caminos que abre la cultura.

Sin la cultura no hubiésemos soportado este año negro. El silencio sublime que entonan las aceras poco transitadas adquiere estos días, cuando los relojes se regodean en la canción triste del toque de queda, una magia inalcanzable que solo cede ante la avalancha tumultuosa de una película cómplice. Y también ante un libro adictivo o cualquier otra de las manifestaciones que germinan en un sector que está siendo maltratado, casi apartado de los teatros y las salas de concierto, en su aquí y en su ahora. El calendario va soltando capas y el tiempo pasa sin arrojar certezas. Al menos, puede uno encomendarse a una reflexión de Noam Chomsky, recogida igualmente por Litoral: «El optimismo es una estrategia para crear un futuro mejor».