Asistimos el pasado fin de semana a una nueva ceremonia de entrega de los premios Goya. Esta vez ha sido una ceremonia especial, una ceremonia íntima, con un teatro vacío de público y con el respeto en escena de esa distancia social impuesta por la pandemia.

Las críticas en esta ocasión a diferencia de otros años han sido unánimes, ceremonia ligera, eficaz, con ritmo, diligente, ágil, pragmática, directa, amena, incluso el ministro de Cultura ha afirmado que la gala de los Goya fue perfecta. Si bien es cierto que las circunstancias actuales han provocado que la ceremonia de los Goya 2021 haya resultado insólita, desde mi punto de vista dista mucho de alcanzar la perfección y ligereza que tanto se ha alabado.

Este año la ceremonia ha sido más ligera, eso está claro, ha durado la mitad del tiempo, los minutos lo confirman. Brevedad que viene impuesta por el hecho de que los galardonados una vez pronunciado su nombre como ganadores no tuvieron que subir al escenario, recoger el premio, saludar y volver a salir de escena, lo cual sin duda alguna lleva mucho más tiempo que comenzar a hablar en cuanto suena el nombre del premiado sin necesidad de que éste se tenga que mover de su sitio. No hemos asistido a abrazos y besos, que tras el reparto de 28 premios llegan a resultar tremendamente empalagosos, ni tampoco a los aplausos como mínimo en 56 ocasiones, más presentación, despedida y números musicales, sin olvidar los vítores a cada uno de los presentadores de los 28 premios. Es obvio que la ceremonia con todos esos recortes ha sido más breve y por lo tanto se podría entender que más amena. Pero para mí no lo ha sido. Sobria sí, Antonio Banderas ha sido un gran presentador porque goza de la simpatía y cariño del público y estaba cómodo presentando la gala desde su tierra, su teatro y en definitiva, su casa. Le ha dado la elegancia y seriedad que merecía un año como el pasado, resultando una gala emotiva en determinados momentos. Así como emotivo fue el discurso de Ángela Molina, una grande de la escena que entre realidad y realidad nos regaló parte de su talento. Sin embargo, los discursos no pasaron de un repetido agradecimiento, (gracias, gracias y más gracias). Por agradecer se agradeció hasta el hecho de haber nacido.

Quizá nos parecemos o queremos parecernos a los Oscar, a las formas y maneras de los reyes del cine y su dorado galardón, sin darnos cuenta de la realidad, sus ceremonias de entrega de premios son tediosas y sólo se salvan por los números musicales y el desfile de estrellas de renombre internacional por la alfombra roja.

Recuerdo hace muchos años, cuando estaba en Bachillerato, que me quedaba hasta las tantas para ver en directo la ceremonia de entrega de los Oscar o madrugaba mucho por ver la entrega de los premios principales, que siempre eran los últimos. Al final era lo más práctico, madrugar para ver a manos de quién iban a parar las estatuillas más codiciadas. El resto de la ceremonia era casi siempre soporífera, a pesar de los chistes y chascarrillos del presentador de turno, que en aquellos años solía ser Billy Cristal, y que provocaba las risas más o menos fingidas de los asistentes. Tan larga y tediosa se hacía la ceremonia que en alguna ocasión premiaron el discurso más corto. Incluso se llegó a proponer que algunos de los premios ‘menores’ se entregaran durante las pausas publicitarias, lo que motivó una lógica desaprobación por parte de los afectados y nunca se llegó a realizar. En los mismos Goya, recuerdo un año en que optaron por instalar un micrófono que literalmente desaparecía del escenario a los pocos minutos de comenzar los discursos de recogida de los premios, dejando al galardonado sin voz o encogiéndose haciendo una reverencia obligada para poder acabar su alocución.

No sé, y por desgracia creo que nunca sabré, lo que se siente cuando tras haber dedicado meses o incluso años de tu vida a sacar adelante un proyecto cinematográfico se obtiene un reconocimiento público a tu labor compartiendo ese momento en directo con millones de personas. Pero precisamente por eso y por ser profesionales del espectáculo podrían aprovechar ese momento para seguir haciendo espectáculo en directo. El ganador del premio al mejor guionista podría tener preparado un discurso haciendo gala de su saber hacer, un miniguión que demuestre por qué ha ganado. Un actor podría regalarnos una interpretación más allá de su emoción momentánea y espontánea, bien exagerándola ¿por qué no? o bien permitiendo al público disfrutar en ese momento de su arte. Y así uno tras otro, porque todos trabajan para el entretenimiento y son los mejores en su campo.

Si entendemos que estas ceremonias realmente son para los participantes y por eso justificamos los incesantes agradecimientos y comentarios privados que nos quedamos sin entender, no comprendo porqué se necesita público, sería mejor hacerlo a puerta cerrada y disfrutar realmente del momento sin la censura de ajenos espectadores. Pero si realmente este acto forma parte del escaparate tan necesario para promocionar el cine nacional, lo suyo es que presenten un producto muy atractivo al consumidor final que es el público.