El edificio que enmarca aquel legendario hotel de Heidelberg, el Haus zum Ritter, la Casa del Caballero de San Jorge, fue construido a partir de 1592. Probablemente es el hotel más antiguo de Alemania. Sigue siendo la joya renacentista de Heidelberg, la hermosa ciudad palatina. En su edición dedicada a Alemania, en la guía turística Michelin, la «verde», aparece la Casa del Caballero en la sección dedicada a la ciudad de Heidelberg. Junto al castillo, las iglesias, la biblioteca de la Universidad, o el Puente Viejo. No como un excelente hotel. Y sí como uno de los grandes tesoros del patrimonio cultural e histórico de la augusta ciudad junto al río Neckar, cuna del Romanticismo alemán. En una de mis viejas guías Baedeker, ya aparecía en 1910 el Ritter de Heidelberg, como un céntrico hotel heredero de una antigua hospedería con varios siglos de vida. Ofrecía entonces los servicios de sus cuarenta habitaciones dobles y una «brasserie». Los precios eran razonables.

Esa espléndida mansión burguesa de la ilustre ciudad fue construida gracias a la iniciativa de un comerciante francés, Carolus Bélier. Refugiado en el Heidelberg del siglo XVI por las persecuciones a los protestantes en tierras francesas. La llamaron La Casa del Caballero. Por la estatua de San Jorge que adorna la fachada. Fue la única edificación civil importante que se salvó de los incendios que asolaron a Heidelberg en 1689 y 1693.

En su visita a Heidelberg en 1838, esta Casa del Caballero, esa antigua obra maestra de la arquitectura del Palatinado renano impresionó a un turista francés muy especial: el escritor Victor Hugo. Cito, no sin cierta emoción, parte del texto que le dedicó en El Rhin. Aparece en el cuarto tomo de los espléndidos seis volúmenes de las Obras Completas de Víctor Hugo. En una magnífica edición en lengua española de 1886. Que hicieron posible unos admirables editores valencianos de aquella época: Terraza Aliena y Cia. Milagrosamente intactos todavía, gracias a mi bendita madre. Para protegerme, ocultó los libros durante años en un desván. Como peligrosas obras librepensadoras prohibidas y provenientes de la añorada biblioteca de mi docto abuelo, don Antonio Milanés. Le paso la palabra al maestro Víctor Hugo:

«Heidelberg, situada y como refugiada en medio de los árboles a la entrada del valle del Neckar, entre dos cumbres pobladas de árboles más agrestes que las colinas y menos ásperas que las montañas, tiene sus admirables ruinas, sus dos iglesias del siglo quince, su encantadora casa de 1595, de fachada encarnada y estatuas doradas, llamada la Posada del Caballero de San Jorge. Por la mañana salgo – perdóname una frase desvergonzadamente arriesgada, pero que expresa mi pensamiento – paso, para alimentar mi espíritu, por delante de la Casa del Caballero de San Jorge. Verdaderamente es un precioso edificio. Imagínate tres pisos con ventanas estrechas soportando un frontis triangular de gruesas volutas; a lo ancho de estos tres pisos dos torrecillas de espionaje con tejados caprichosos, saliendo el alero hacia la calle, y toda esta fachada, de piedra arenisca roja, esculpida, cincelada, trabajada con esmero, tan pronto atrevida, tan pronto severa y cubierta de alto a bajo de arabescos, medallones y bustos dorados. Cuando el poeta que edificó esta casa la terminó, escribió con letras de oro, en el centro del frontispicio, este versículo sumiso y devoto: «Si Jehova non aedificet domum , frustra laborant aedificantes eam.»

«Esto era en 1595. Veinticinco años después, en 1620, la Guerra de los Treinta Años comenzó por la batalla de la Montaña Blanca, cerca de Praga, y continuó hasta la paz de Westfalia en 1648. Durante esta larga Ilíada, en la que Gustavo Adolfo fue Aquiles, Heidelberg, cuatro veces sitiada, tomada y recobrada y dos veces bombardeada, fue incendiada en 1635.

Una sola casa se escapó de las llamas, la construida en 1595».

Continuo navegando por el texto del maestro Victor Hugo: «En 1689, un hombre cuyo nombre se utiliza hoy en Heidelberg para asustar a los niños, Melac, lugarteniete general de los ejércitos del rey de Francia, entró a saco en la ciudad palatina y la convirtió en un montón de escombros. Una sola casa sobrevivió, la casa de 1595…. Cuatro años más tarde, en 1693, los franceses volvieron; los soldados franceses de Luis XIV violaron en Spira las tumbas imperiales y en Heidelberg las tumbas palatinas. El mariscal de Lorges puso fuego a los cuatro lados de la residencia electoral: el incendio fue horrible; todo Heidelberg ardió. Cuando el torbellino de llamas y de humareda que envolvía a la ciudad se disipó, vióse una casa, una sola, en pie en aquel montón de cenizas. Aún era la misma casa de 1595».

Por eso jamás podré olvidar mi emocionada visita a aquel edificio, aquel hotel consagrado por su propia historia. Fue en junio de 1972. Fue gracias a mi maestro, don Ángel Fernández de Liencres, marqués de Nájera y Donadío, al que Dios tenga en su gloria. Uno de aquellos genios, de aquellos gigantes providenciales que hicieron posible a lo largo de aquellas décadas prodigiosas el convertir el litoral malagueño en un paraíso terrenal. Don Ángel me invitó a almorzar con él en la mítica Casa del Caballero de San Jorge, su «pied-à-terre» en Heidelberg, la ciudad palatina del Neckar. Íbamos camino de Baden-Baden, en plena Selva Negra. Para presentar en el Club de Tenis de la legendaria ciudad-balneario alemana el Torneo Internacional de Tenis de Seniors y Veteranos de Los Monteros. Previsto éste en Marbella, para mayor gloria de España y de ese deporte excelso, en noviembre de ese mismo año. Muchos de ustedes conocen el resto de esa historia. Siempre emocionante. Además de ejemplar.