Es curioso que el español, tan visigodo, tan de aguántame el cubata, tan de no hay huevos, se deje esclavizar sumisamente por un gobierno de arribistas que pone a prueba el aguante del personal hasta casi quebrar su elástica tragadera. Nos encierran, nos limitan horarios, nos prohíben deambular, nos dicen con cuántos quedar, y ahora, nos uniforman la mascarilla allá donde estemos. Puede que la próxima imposición, por bien del futuro de la Humanidad, sea tener que sacrificar a un miembro de la familia; y nosotros, tan buenos, tan callados, tan obedientes, podremos decidir a quién eliminar. Y nos creeremos libres por ello. Sí, soy consciente de la exageración del razonamiento, pero, puestos a ahondar en el esperpento, no lo es menor disparate que aceptemos como obligatoria la mascarilla en la playa o en mitad del campo.

Este verano quiero ver a todo el mundo en el chiringuito comiendo espetos de sardinas. Mascarilla puesta. Me la bajo. Cojo la sardina con la mano. Le meto un bocado. Me subo la mascarilla con la misma mano. Mastico y trago. Me bajo de nuevo la mascarilla. Repito la jugada. Para la tercera dentellada, la mascarilla tiene más mierda que las bragas de la Totos y aquello del papel de las magdalenas. Qué imagen para el recuerdo.

Lealtad plena, obediencia ciega. Es lo que nos han dicho a golpe de estado de alarma. Y no solo lo hemos creído, sino que lo hemos asimilado e incorporado a nuestras vidas con total naturalidad. Porque el gobierno es bueno, el gobierno sabe lo que nos conviene, el gobierno es nuestro amigo. Repitan conmigo: El gobierno me quiere, me ama.

Que el gobierno rescata con 53 millones de euros una aerolínea chavista mientras su negocio de barrio se ahoga y el pan de sus hijos escasea. Aquí no pasa nada. Que el gobierno destituye a un distinguido coronel de la Guardia Civil y la Justicia le pone en su sitio. Aquí no pasa nada. Que usted no puede salir a otra provincia para ver a sus seres queridos mientras medio gobierno cruza fronteras sin el más mínimo atisbo de vergüenza. Aquí no pasa nada. Que el gobierno es señalado mundialmente por atacar la libertad de prensa. Aquí no pasa nada. Y así hasta el infinito y más allá, porque ellos, quienes gobiernan, saben que aquí nunca pasa, ni pasará, nada.

España se ha convertido en lo que alguien ya definió como un tío echando de comer a los patos, junto a un cartel de prohibido alimentar a los patos, mientras se queja de lo gordos que están los patos. El gobierno sigue haciendo de las suyas y nosotros nos indignamos por no poder acodarnos en una barra. Le echamos muchos huevos en el foro del bar, en el estercolero de la red social, pero a la hora de la verdad, cuando algo se espera de nosotros, nos limitamos a obedecer como un rebaño inerme sin conciencia.

Este verano estaremos de suerte. Podremos seguir echando de comer a los patos; pero, eso sí, con la mascarilla siempre puesta. Repitan conmigo: El gobierno me quiere, me ama. Que aquí no pasa nada.