Navegar a la deriva y sin rumbo por la desconocida mar océana de internet, a veces trae increíbles sorpresas, como encontrar inesperadamente algo que hace cambiar, en el mejor sentido, el panorama cotidiano de tediosas tardes de vacunas, ignotos transgénicos, democráticos apedreamientos, absurdos nombramientos, imposturas varias, bienvenidas en catalán superior desde la antigua Cajamadrid, indecentes llamadas de empresas para las que la ley de protección de datos tiene el mismo valor que la Constitución para el económicamente insaciable palaciego de Galapagar y otras desagradables circunstancias, que nos han sido impuestas caprichosamente por aprendices de políticos, que creen que las urnas validan y legitiman cualquier sinrazón. De pronto el albañal en el que han convertido a nuestra sociedad esta jarca de jenízaros, que parece ser que nos gobiernan, deviene en los campos del sur de la dulce Francia, atravesados por un ancho río que fluye mansamente entre juncos salvajes, como fluyen los ríos caudalosos en los países ricos, que suelen ser verdes y de impresionistas paisajes amables, aunque carezcan de la grandeza sobrecogedora y la romántica belleza atormentada de las sierras encrespadas y las desoladas llanuras de la espaciosa y triste España, según escribiera Fray Luis de León.

Los juncos salvajes, dirigida por ese señor civilizado y culto llamado André Techine, es una prodigiosa película en la que aparece el mejor cine francés, ese que nace con Renoir y toda la Nouvelle vague y se continúa por una serie de maestros, que suelen tratar el espinoso tema del tránsito de la adolescencia a la juventud, con un respeto, una dignidad, una comprensión, producto muchas veces de la introspección en sus propias vidas, de la que suele carecer - quizás por herencia de la hipocresía victoriana - el gran cine inglés, que comparado con la buscada escasez de medios y las formas profundas y contenidas de estos maestros franceses, aparece como un ejercicio de arrogancia y autosuficiencia, de perfección absoluta en la puesta escena, pero de una cierta fanfarronería imperial, combinada con el sentido y la sensiblería oscura de la humilde y sufridora Jane Austen. El cine europeo es una entelequia, una pálida sombra como la pandemia ha demostrado que es la propia U.E. Solo hay cines nacionales, como solo existe la Europa de las naciones, que sostenía el general De Gaulle.

Estamos en presencia de una historia en la que un culto adolescente francés de provincias descubre su homosexualidad con un amigo, que solo desea ligar con chicas, un pieds noirs cargado de odio por el asesinato de su padre, una chica cerebral, que repudia el sexo, pero que rebosa amor, aun sin saberlo y una maestra comunista que, al llamarse madame Álvarez, parece ser miembro de alguna de las familias españolas exiliadas al final de nuestra Guerra Incivil - qué sarcasmo llamar nuestra a esa monstruosidad, a la que muchos apelan ahora en una miserable excusa para ocupar todo el poder y destruir la libertad - todo ello con la presencia constante en la radio y la televisión en blanco y negro de mil novecientos sesenta y dos del desgarrador conflicto argelino.

Francia había ocupado en mil ochocientos treinta el territorio de la actual Argelia, que se convierte en un lugar digno de vivir para más de un millón y medio de franceses, españoles, malteses y otros pueblos mediterráneos católicos, más una gran cantidad de judíos, que componían una colonia próspera con pasaporte francés y costumbres europeas en un país absolutamente musulmán, que como siempre en estas circunstancias va a utilizar el arma de la religión - sea esta la que sea, en este caso musulmana - como arma para luchar contra el colonialismo, a pesar del carácter de izquierda radical y la inspiración marxista de sus líderes, empezando por el señor Ben Bella. Estamos en mil novecientos sesenta y dos y los asesinatos, atentados y secuestros se producen diariamente en una proporción de tal magnitud entre el Frente de Liberación Nacional argelino y la Organización del Ejército Secreto, OAS, que defiende el carácter francés de Argelia, creada por el glorioso general Salan, héroe de las guerras de Indochina, y otros militares franceses en la reserva, que la carnicería humana es una constante de muerte en las calles de Oran, Argel y Constantina, en las que proporción de población «europea», aunque muchos no hayan pisado nunca Francia, llega al cuarenta por ciento. Ese conflicto desgarrador, que marcó la historia de Francia, hasta el punto de provocar la caída de la IV República y el nacimiento de la V por parte del De Gaulle, es el marco que encuadra la historia que se narra en la película, en la que los conflictos colectivos afectan profundamente a las vidas y las almas de los seres humanos, que solo desean vivir sus vidas en la calidez de los brazos del ser amado y que rechazan la impostora creación de héroes caídos en combate, anhelantes de la libertad de la deserción, en la contemplación del primer muerto en la vida, que resulta ser un hermano. La huida en oleadas de los pieds noirs a Francia, Alicante y Almería a partir del cinco de julio de ese año adquiera características de verdadera tragedia, huyendo de los setecientos asesinatos en Argel el mismo día de la independencia, siendo recibidos en Francia como extranjeros fascistas por un despiadado Gastón Defferre, alcalde socialista de Marsella, con el grito de que vayan a integrarse a otro sitio. Qué puede sentir un ser humano que lo ha perdido todo por defender una forma de vida, que es la de su propia raíz, que se ve rechazado de esta forma por malditas razones ideológicas por los que él creía que eran sus hermanos? Volvemos al paz, piedad y perdón, a la misericordia, la caridad y la compasión. ¿Dónde estaban?

La introspección, el buceo en su propia vida, la narración que hace Techiné del alma de un joven, que es su trasunto, es de una sensibilidad, una dignidad, una limpieza, una serenidad, que las posibles lágrimas del espectador no aparecen en ningún momento, porque las vidas se van mostrando desde una distancia observadora, que impide el llanto al contemplar la tragedia de unas existencias en las que Techiné no nos permite sumergirnos, solamente observar, ver, sentir, pero no compadecer ante un ejercicio de presentación de las vidas de los personajes a cuadros, en fragmentos que van componiendo un puzle de una extraordinaria belleza, de una bellísima sensualidad, de intimismo en los fragmentos de vida de los chicos y los mayores de escasa presencia, hay algo del Bergman de Fresas salvajes, bellísima, bucólica, casi pastoril a ratos, como los tapices gobelinos de Versalles de ninfas y pastores desnudos en los ríos, pero también de patetismo en el sentido de afecto vehemente del ánimo, como los besos angustiosos, agobiados y desolados de la chica Maite, materialista, comunista, cerebral, que descubre la desgracia del amor con el horrible bañador amarillo, que ella detesta, en brazos de un chico fascista, que también acaba de descubrir la mentira de las ideologías, con sus cuerpos dulcemente abrazados, mientras ella le pide tiernamente que no le haga daño en su primera vez y él la trata como el más alto objeto de su veneración. Allí están presentes Louis Malle en Au revoir les enfants y el Truffaut de Los cuatrocientos golpes, la madurez, la inteligencia, la cultura del cine francés, en que un chico cita a Flaubert y a Rimbaud y a Ronsard y hasta a Faulkner y nada tiene que ver con la pedantería, es una acumulación de lecturas en un bachillerato literario, que se escapa por unos bellísimos ojos azules… nosotros no éramos pedantes, pero leíamos todo eso y más y nos reíamos del mundo y de la vida con esa edad cuando nos citábamos en ‘Flor’ a tomar café las tardes de verano, con bermudas que eran vaqueros recortados a los que deshilachábamos flecos y comprábamos ‘Fotogramas’ y ‘Triunfo’ y hablábamos de París y de Londres y de los canutos en el Paradiso de Ámsterdam y soñábamos con un croissant y una botella de leche en la cutre pensión cercana a la Gare du Nord, esperando la llegada de nuestros padres a la mañana siguiente al Majestic del Boulevard Hausmann. Un canto a la vida en la prodigiosa escena de François en la secuencia de la moto, abrazado a Serge, con un desvalimiento y una soledad refugiada en la espalda de un imposible, tiempo de risas externas y muchas lágrimas silenciosas mirando al mar, o al infinito paisaje, los sueños provocados por el twist de Chubby Checker, o Smoke gets in your eyes de los Platters, el Bárbara Anne de los Beach Boys y el desolador adagio de Samuel Barber, que acaba imponiéndose en las vidas de los personajes, como también se impuso en las nuestras, aunque no lo supiéramos. Los países con bosques y ríos en veranos interiores, en que el bañarse tenía algo de vuelta a una civilización perdida, o en la alberca de una finca donde nos coronábamos de hiedra y nos hacíamos rodar desde el muro hasta el agua en un remedo burlesco de la muerte de Jacinto, tan diferentes a las playas ardientes, que empezaban a empaparse de sudor, flotantes sandías y tintos de verano. Nosotros no éramos triviales, ni banales, pero reíamos sin parar por fuera, mientras vivíamos un interior de lágrimas, «ou sont les enfants?». Sutileza y sensibilidad absolutas, si es que ese adjetivo puede aplicarse a esos sustantivos, que supongo que Pla diría que no. Literatura empapando la película y nuestras vidas de entonces, hoy tan lejanas.

Pero somos lo que somos y como somos por aquel aparentemente desvanecido ayer, tan presente en nuestro hoy. Las guerras, los atentados, los asesinatos, las miserias terminan olvidándose, no a los seres amados, pero si los acontecimientos. La vida siempre triunfa aunque a veces lo haga de forma desgarradora. Al fin y al cabo vivir es también nuestra primera vez. Solo podemos pedir en voz queda que no nos hagan daño. Si es posible. No es mucho pedir. Los juncos se doblan al viento. Los árboles son arrancados por el huracán.