Desde muy antiguas lecturas, a las que acompañaron algunos recientes viajes, que siempre agradeceré al Consejo de Europa, tengo un interés especial por las que fueron las postreras etapas del Imperio Otomano en el sur de la Europa balcánica. En las que tanto los “Klephts” como los “Armatoloi” griegos tuvieron un especial protagonismo.

Entonces los súbditos helénicos de la Sublime Puerta llamaban “Klephts” – ladrones o bandidos - a los compatriotas que se dedicaban sin complejos al bandidaje. Al final muchos de ellos combatirían con valor a los turcos y sus cómplices. También se distinguieron los “Armatoloi”, aquellas milicias que tuvieron desde los tiempos de Bizancio obligaciones paramilitares: como garantes de la ley y el orden público. Los turcos las utilizaron como una especie de gendarmería en sus nuevas posesiones helénicas. En las últimas etapas de la soberanía turca en Grecia, las líneas que dividían las actividades de los “Klephts” y los “Armatoloi” se fueron difuminando. Los bandidos se convertían temporalmente en gendarmes y al revés. Y ya en la Guerra de la Independencia de los Griegos (1821-1832) esa antigua línea divisoria se borró completamente.

Recuerdo lo que queda de los espléndidos bosques de Chalkydyke, cerca de mi amada Tesalónica, a la que evoco muchas veces en mis sueños como mi otra Málaga. Más de una vez fueron incendiados por las autoridades turcas para evitar que los Klephts encontraran en sus espesuras un refugio. El artista sueco Otto Magnus von Stackelberg, prisionero de una banda de malhechores del norte de Grecia, se entretuvo en copiar sus antiguas canciones, en las que se describían a sí mismos: “Eran cuarenta los bandidos del monte Olimpo, las chaquetas se les caían a pedazos, negras de sangre seca. La luna y la noche eran su compañía...” También fueron interesantes las anotaciones en el diario de aquel atrevido viajero inglés. El que tuvo el valor de adentrarse en aquellos salvajes territorios fronterizos del antiguo Imperio Otomano. “Los horrores y la miseria que se encuentran en estos países tan extraños me harán amar apasionadamente a mi país, cuando regrese a él.”

Cuando algunos de los Klephts acumulaban poder y cuantiosas riquezas podían incluso ser nombrados Pachás o gobernadores imperiales por la Sublime Puerta. Por todo ello, los personajes del mundo del bandidaje eran intercambiables con aquellos que deberían controlar e impedir sus desmanes y atropellos. Para los viajeros occidentales de la época era a veces muy difícil distinguir dónde terminaba la figura del gobernador y dónde comenzaba la del salteador de caminos.

El sistema funcionó bien para los intereses de los inquilinos de aquel curioso y caótico palacio imperial de la antigua Constantinopla, en las orillas del Bósforo irredento. Mientras que en Occidente se consideraba a la riqueza como la legítima acumulación de los frutos del comercio honesto, el trabajo, o la industria, para los otomanos la verdadera riqueza era el botín que se arrancaba a un enemigo al que se había derrotado en contiendas sangrientas. Y aún mejor. El apilar públicamente esas riquezas, en todo su bárbaro esplendor, para poder deslumbrar a todos. Amigos y enemigos.

Siempre tengo presentes las palabras de Barbara Tuchman, aquella lúcida historiadora neoyorquina. Para ella el pasado era un espejo lejano. En cuya capa de azogue siempre se dibujaban los horrores, las decadencias y las barbaries del futuro.