No se sabe bien qué está haciendo Málaga. Hay cosas muy positivas. Otras sospechosas. Pero como estamos con la ruina soplándonos en la nunca, no siempre tiene uno buen cuerpo para investigarlas.

El puente de Tetuán ha perdido para siempre -al menos para dentro de muchas décadas- la visión de la torre del campanario de la Parroquia de San Juan. La tapa ya la mole hotelera de Moneo que tiene pinta de crecer más rápido que un pollo manipulado genéticamente.

Día tras día observas cómo crece, de a poquita, la tarta de hormigón que pisoteó a La Mundial y nos trae a cambio un hotel de un arquitecto de renombre. Siempre podrás encontrar el lado positivo a todo.

La cosa es que ahora mismo estamos muy perdidos. Todo está raro. La ciudad comienza a respirar, pero la pandemia la ha dejado muy tocada. El alcalde se está partiendo la espalda por intentar buscar soluciones -y se nota-. El dinero regresa a nuestra tierra y se comprende la preocupación de un señor que, a su edad, sigue obsesionado con Málaga y el futuro -con lo bueno y lo malo que suponen las obsesiones-.

En definitiva, tenemos tantos problemas, miedos e inquietudes que por el camino no estamos deteniéndonos a reivindicar lo mucho o poco que se está haciendo mal en la urbe.

El Astoria y su pobre proyecto manido y absurdo va camino del boquete. No cuaja. Ni cuajará seguramente. La Junta está haciendo lo correcto y llama la atención como los técnicos que avalan que no se levante nada encima son compañeros de aquellos municipales que sostenían y defendían que allí se construyera otro mamotreto vistísimo y aburrido.

La plaza de la Merced bastante ha padecido ya con unas obras sin sentido hasta convertirla en un secarral árido rodeado de baches y losas levantadas como para que ahora se le sume una birria sin mayor interés que el espurio de cuatro o cinco.

Siempre presente también la tapia del cine que misteriosamente incendió por casualidad y que aún sigue en barbecho con un solar maravilloso en pleno corazón de la ciudad. Nada nuevo bajo el sol.

Pero ya todo eso parece el pasado. Cosas lejanas. Superadas por una pandemia que, como es natural, ha sobrepasado cualquier sentido. Y así, la vida ahora en Málaga es si cabe más desconcertante.

El incendio de Proteo fue un golpe de realidad. La escenificación de que la cultura estaba en llamas. Que el patrimonio era tan volátil como el fuego y nuestra ciudad estaba pendiendo de un fino hilo.

¿Qué ha pasado después? Que quienes quieren gobernar la ciudad más allá del paseo del Parque nos están ganando por goleada.

Convirtiendo el centro en Tivoli y Tivoli en un espacio en el que construir viviendas. El mundo del revés. O no. Quizá lo lógico sea vivir y dejar vivir. Por eso alarma observar con qué seguridad afirman muchos de manera tajante su postura sobre el puerto y su torre. No se entiende del todo bien la fijación sobre un asunto tan complejo.

Se tienen dudas de la existencia de Dios. Cuestiones de fe en lo más profundo y valioso de la vida. Sin embargo, en Málaga hay quien ya sabe con total certeza lo que opina al respecto de levantar un pirulí acristalado en el puerto que cambiará por completo y para siempre la visión de nuestra ciudad. Y se quedan tan panchos.

Qué suerte la de aquellos que poseen la verdad absoluta. Y pobres los que creen tenerla, pero en realidad son unos torpes.

Hace pocos días, los anti-torre del puerto y anti apagón de La Farola se reunían en torno a ésta para reivindicar que no pertrechen aquella abominable cuestión urbanística en tan sensible enclave. Era de entender. Unos señores pretenden esquilmar nuestro skyline con el único objetivo de ganar dinerito a costa de lo que sea.

Y preocupa. Porque los argumentos usados por la parte contratante nos llevan única y exclusivamente al dinero. Y Málaga y sus gentes, por desgracia, no estamos ahora mismo para negociar mucho pues la cosa está cortita con sifón. Pero, ni con esas, será justo que nos lleven a su terreno de palurdos. Hambre o torre del puerto. Paro o Farola encendida. Teorías ridículas y falsas ideadas por aquellos gurús de marca Hacendado que pretenden hacernos tragar un cuento que es más viejo que un nudo.

Málaga no puede estar pendiente del que venga para saber qué pasará con su patrimonio, su historia o sencillamente su figura e impronta. Es todo más arriesgado de lo que pudiera parecer. Y por eso no se entiende a los fans de teorías peregrinas.

Si alguien está muy preocupado por el empleo y la riqueza en Málaga que monte empresas e industrias con futuro. Que un hotel está genial y más si es de ricos, pero hay vida más allá de las kellys. Y con la pandemia ha quedado demostrado.

Yo no soy muy de manifestaciones. Y menos de hacer performances abrazando cosas como Lisa Simpson con su melocotonero. Pero es evidente que la gente que calla no otorga siempre. Y con La Farola y su propuesta ridícula de apagarla solamente conseguiremos que la ciudad continúe apagándose. En busca de la nada para todos y el dinero para unos pocos.

La ciudad no se vende. La Farola no se apaga y la torre del puerto, si Dios quiere, no se hará realidad. Por cierto, sería bueno preocuparse más por el Dique de Levante que se está deshaciendo, literal, que en colocarle en lo alto un palitroque de decenas de pisos.

Un día se va a ver un número. Al tiempo.

Viva Málaga.