Ya está aquí el último y cacareado éxito de una serie televisiva emitida en Netflix. Desde la lejana Corea, del Sur, obviamente, nos llega un desafío narrativo que pone a prueba lo que usted y yo creíamos saber sobre la naturaleza humana cuando le das a elegir entre susto o muerte, la espada o la pared, a alguien que tiene poco o nada que perder. El planteamiento es simple: ofrece una ingente cantidad de dinero a personas ahogadas en deudas y sin ninguna posibilidad de enderezar su destino, condenadas a una vida de miseria, huyendo eternamente de acreedores más o menos efectivos. A cambio deben participar voluntariamente en seis juegos.

Una vez superas la grimosa sobreactuación asiática (Jackie Chan es Marlon Brando comparado con éstos) entras del tirón en la trampa guionizada y te dejas llevar por un laberinto de personajes que afrontan como saben y pueden el reto. La maldad, la mentira, la estrategia, el compañerismo, la violencia, la traición, la vergüenza… todas y cada una de las respuestas humanas a la desesperación van apareciendo. Y hasta aquí puedo leer, que luego me acusan de destripar el asunto. Salvando las distancias, son muchas las personas que se la juegan ante el ultimátum del banco o alguna otra circunstancia que les lleva al extremo de su esencia y les obliga a hacer algo que, hasta el momento, les parecía impensable. Hablo de la madre que se prostituye y del padre que trafica. O viceversa. Y créanme si les aseguro que en más de 20 años como abogado penalista he conocido ambos casos. Más cornás da el hambre, Don Javier, me dijo uno que, para colmo de males, fue cazado al primer intento. Y ojo, que ya se por dónde va usted, querido lector. No justifico el delito como método de supervivencia, pero sí defiendo que se han de entender las circunstancias personales del reo, tal y como establece nuestro Código Penal y pocas veces, contadas con los dedos de una mano, son atendidas por el Ministerio Fiscal. Cada vez son más los cincuentones que nutren las collas del narcotráfico y pasan de puntos a caleteros para no perder su casa o poner un plato caliente a su mesa. Dos mil euros por diez minutos de trabajo. Que ninguno nos veamos en la tesitura de atrevernos, de engañarnos a nosotros mismos al decirnos que Dios lo habrá querido, de comernos la dignidad y los valores heredados de nuestros padres a cambio de una luz al final del túnel. Por eso triunfa El juego del calamar, porque hace que te plantees que harías tú en esa situación. ¿Eres capaz de mentir, embaucar, delatar, conspirar? Si eres político sí, no tiene mérito. Lo pregunto de otra manera: ¿eres capaz de matar? O peor aún: ¿eres capaz de morir?

Esto me recuerda el chascarrillo de aquel machote al que ofrecieron dinero por dejarse sodomizar. Un euro, no. Diez euros, tampoco. Cien euros; ni loco, yo soy muy hombre. Y así fue subiendo la cuestión hasta que aceptó un millón de euros. Una noche es una noche, se convenció. De lo que se aprende y desprende que no todo se vende, pero todo tiene un precio. El creador de El juego del calamar lo sabe, quien delinque por extrema necesidad, también. Y usted, ¿Por qué o por quién mataría o moriría si fuera su única salida?

«No hay nadie más peligroso que quien no tiene nada que perder», Johann Wolfgang Von Goethe (1749-1832).