Yolanda Díaz Pérez sube los escalones de dos en dos, y eso que le habían dicho que no lo hiciera porque acentuaba su imagen de zancuda, pero ella es ella. Entra en el Ministerio de Trabajo en el Paseo de la Castellana 63, y se dice que también es de Economía Social, y eso la reconforta más que el café doble que se acaba de tomar antes de salir de casa. Olvida voluntariamente que a sus 50 años ya tiene problemas con la tensión y ha sufrido algún arrechucho de aviso, pero el Gobierno es el Gobierno y los comunistas somos fuertes, y moralmente superiores, se dijo también con un automatismo propio del agitprop.

Desde que en enero de 2020 entró a formar parte del Gobierno, todo es así, acelerado y sin tiempo de pensar, la verdad es que prefiero la acción a otras consideraciones, y por eso corro de aquí para allá, por la transversalidad del frente amplio que estoy construyendo con la auténtica izquierda, con las dos mónicas, García y Oltra -a pesar de la condena a su ex marido por abusos a una menor que era tutelada por su departamento-, y la Colau. Ni cuando tenía abierto mi despacho en Ferrol estuve tan agitada. Pero solo se vive una vez. Que me quiten mi mochila si son capaces. He estado en la tramitación de los ERTEs, aunque no me supe explicar bien, pero eran los nervios del directo. Bueno, también dicen que me puse títulos de más en mi currículum y que Moncloa tuvo que borrar ipso facto tres másteres falsos, pero como los quitaron pues no pasa nada.

Yolanda había tenido que leer, incluso -y tirar el periódico al suelo inmediatamente-, una frase de Oscar Wilde, aquello de que hay mucho que decir en favor del periodismo, porque al darnos las opiniones de los ignorantes nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad. ¡Y se refiere a mis opiniones, el muy canalla! Eso es basura. Bueno, sigo por donde iba, y no solo son los ERTEs. Es la negociación del salario mínimo interprofesional hasta los 965 euros, aunque se hayan destruido unos miles de empleos de jóvenes porque algunos empresarios, malos empresarios, sin duda, no pueden pagarles…, pero esa es otra historia. Ahora, eso sí, en lo que más a fondo me he empleado es en la reforma de la reforma, laboral, claro, ahí no se dirá que… mis peleas con Nadia y Escrivá están vivas, son los rasguños de la guerra, al fin y al cabo el PSOE es solo un compañero de viaje, después nos lo comeremos, es que no han leído a Lenin los pobres y entonces no saben.

Pero de los recuerdos que guardo con más cariño, el de Pablo achuchándome cuando se iba para mostrar que me daba el relevo, esa foto no me la quita nadie. Y mira que hay gente mala por ahí, decir que voy a la peluquería más cara de Madrid, ¿a quién le importa eso?, ¿que no es sostenible?, ¿no puedo hacer con mi dinero lo que me dé la gana?... Nosotros hacíamos escraches físicos, pero es que estos son psíquicos, o químicos, ya no sé…

Yolanda, por fin, entra en el despacho. Allí su equipo le tiene dispuesta la agenda, las palabritas del acto del mediodía… Y es que Virginia Uzal, al frente de Comunicación, es una joya, no me digas que no, como todos los gallegos que me he traído, lo que hizo Pepiño Blanco en su día. Los celtas somos la repera, es así…

El escolta se había quedado en el antedespacho y se decía aquello del gran cineasta Claude Chabrol, que esta mujer le resultaba cada día más atractiva porque la tontería es infinitamente más fascinante que la inteligencia, esta tiene sus límites, la tontería no. Y veía el entrar y salir de los colaboradores del despacho, y el teléfono verde que no dejaba de emitir señales luminosas no sabía por qué… y, entonces, llegó Enrique Santiago, diputado y secretario general del PCE, y le miró con desconfianza, como diciéndole que sabía que él era policía. Pasó y se cerró la puerta.

Lope de Vega había escrito:

Tomé la pluma, Fabio, al gallicinio,

pasada la intempesta nocturnancia,

y no para buscar pueblos en Francia

que no tengo historiógrafo desinio.

Y haciendo de las cosas escrutinio

deste mundo visible mi ignorancia,

en todo hallé disgusto y repugnancia

con tanto descompuesto latrocinio.