Hay agujeros negros de piel hacia dentro. Devoran los amaneceres. Las entrañas son un paisaje nocturno. Nos guiamos con el tacto. He visto a amigos reír a carcajadas mientras en su esternón se retorcía una negra jauría. Yo, como tantos otros, he despreciado las tristezas ajenas. He empequeñecido el terror como hago con mis hijos, cuando les enciendo la lamparita para mostrarles que no hay nada que temer en la oscuridad de sus dormitorios. Los monstruos, uno aprende, nos habitan invisibles. Ni el paternalismo ni el desaire ni la electricidad los espantan. Están. Es suficiente. Y despedazan con su mandíbula transparente.

Somos minúsculos y ahí reside nuestra grandeza. Mi hijo Mauro cree que la luna se esconde en las alcantarillas. Cuando no la ve en el cielo, a las 7.30, de camino a su guardería, señala al suelo. Camina a mi lado con ritmo desmayado. Sobrevive en sus mejillas el calor de las sábanas. Su mano en la mía, pienso, es una suerte de supervivencia. El universo se muere, leo en El País. «La luz se extingue. La edad de las estrellas acabará y de ella se pasará a un nuevo universo, diferente, más oscuro, frío, dominado por energías que nos parecen extrañas y que ni siquiera conocemos, más hostil para la humanidad, que se habrá extinguido...», escribe Pablo G. Pérez González, investigador de Astrobiología.

Somos nadie rodeados de nada. Me reconfortan la finitud y hasta la insignificancia. Si me equivoco, no voy a fustigarme. Qué íntima caducidad. Somos una casualidad dulcísima, amarguísima y fugaz. Por eso me afligen tanto las despedidas precipitadas. Qué colmillos no se clavarán en sus clavículas. No es excepcional su tortura. No son pocos los que se abrazan al vacío para huir del abatimiento. Sin nombre ni futuro. No es una batalla, porque no hay enemigo. Tampoco uno mismo, aliado hasta el último suspiro. No es una lucha, porque nadie sangra, ni una brecha húmeda y escarlata, ni una flor verde y morada en las carnes blandas, nada. Solo emociones atragantadas como cristal roto. Una digestión traslúcida y afilada.

La edad de las estrellas, pienso. Y miro la noche, que parece un telón tiroteado que esconde un resplandor inmenso. Me he sentido así. Eran otros tiempos. Solo encontraba consuelo en el silencio, en el exilio de mi cama, en una quietud que dolía. Me miraba ojos atrás. Fue por amor. O lo que fuera aquello que nos sepultó en vida. Nos temblaban las manos al hablar. Llorábamos a escondidas. Muchas veces gritábamos y estallábamos en besos. Besos muertos, besos de hueso ya, besos mondados por el tiempo y los insectos. Derrumbábamos la casa cada noche, la construíamos con desgana cada mañana. Acabó con un portazo. Un final indigno para una historia que nos hizo sentirnos únicos. Una lección: todo es camino. Otra lección: el tiempo es, para el corazón, un Midas envilecido. Posa sus manos sobre el oro para convertirlo en chatarra. La última: solo no puedes. Busca a alguien que te acompañe en esta ruta de niebla. No subestimes los pesares; se pasean por nuestras vísceras con orgullo vándalo.

«Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu. Vivir no es otra cosa que arder en preguntas», escribió Antonin Artaud en ‘El ombligo de los limbos’. Las dudas sin respuesta añaden gasolina a la pira. Vivir es montarnos en un ALSA sin conocer el destino, sin conocer las paradas, con un conductor con gesto de piedra. Sabemos que avanzamos, pese a la incomodidad, pese al ruido, pese al páramo monocorde en las ventanas. Cada mañana busco la luna en las cloacas. Si oigo un ruido en mi interior, pido auxilio como un náufrago. Nadie está a salvo. Es inmortal la tristeza. Tan antigua como el mundo. Con su música de astros danzando, su coreografía pesada. Piruetas mustias, notas inciertas. Hay una galaxia en las costillas que también se apaga.