No me atrevía a contarlo, porque era algo que siempre se había dicho que le ocurría a los niños que se portaban mal, pero los tiempos cambian y también algunos mensajes y sus interpretaciones, así que, tras encontrarle sentido a los acontecimientos, lo contaré: los Reyes Magos nos trajeron carbón a casa. ¡Ay, qué disgusto! ¡Menudo comienzo de año! Pero, pasados un par de días, lo veo claro, era como la esteganografía, contenía un mensaje encriptado, y no una reprimenda.

Tal y como están el precio de la electricidad, la economía, la naturaleza,…, no es que me digan que volvamos al carbón y sus devastadoras consecuencias ambientales, claro.

Es que debemos mancharnos y remangarnos para conseguir energías limpias que no tiznen todo en su consecución. Apostar por la sostenibilidad real. Lograr economías que pongan valor cómo se generan los consumibles sin que productos ‘human rights free’ sigan aplastando los mercados y a las personas.

Es que los gobiernos y empresas dejen de salvar su imagen haciendo ver que se involucran, cuando ocultan la mugre bajo la burocracia que centrifuga sus enjuagues. Que dejen de incumplir y de mentir sin consecuencias.

Es que pensemos con claridad en que tenemos que retomar la idea de excelencia, ética y educación en el respeto sin toneladas de marketing, para que todos quepamos al evitar tanto corsé identitario.

Es que los ciudadanos pensemos que tenemos que obrar como un ente, todos a una, cediendo nuestro confort para que el bien común sea el propio y no a la inversa: hacer sociedad.

Ahora lo veo claro, dejaron un montón de carbón entre unos signos de exclamación y, en sueños, aquella noche, me pareció oír: ¡Despertad carbones!