Si se aprecia, a partir de ahora, un cambio de registro en cualquier político del terreno solo cabe recordar que este 2022 se celebran elecciones en Andalucía.

Sin ir más lejos, del discurso y de la agenda del presidente andaluz Juanma Moreno ya se desprende que hay comicios cerca. Dicen que ha desempolvado el traje de la campaña, se ha ‘ayusado’ y no se mostrará tan moderado. Que no le queda otra que encomendarse a una versión más agresiva y populista -inspirada en la presidenta de la Comunidad de Madrid- si quiere estar a la altura de las expectativas de una mayoría amplia, casi absoluta, a las que el PP se ha encomendado para ahuyentar cualquier síntoma que huela a fracaso andaluz.

Otras opiniones también sitúan la subida de tono a la que asistimos, desde que Elías Bendodo acuñó lo de la pinza PSOE-Vox de los presupuestos, en la onda expansiva del debate embarrado, con una batería de insultos incorporada a sus redes sociales, que trata de imponer el partido de Santiago Abascal. Vox está jugando al contraataque con su portavoz en el Parlamento de Andalucía, Manuel Gavira, convertido en un ariete faltón que hace el trabajo sucio e ingrato y le deja todo el ángulo fotogénico a la gira sureña con la que Macarena Olona está haciendo una precampaña oportunista, en la que ya nadie se cree que no esté todavía garantizada su candidatura a la presidencia de la Junta. Por mucho que lo juren ella y la consiguiente corte de palmeros. De ahí que también exista la teoría de que Juanma Moreno deba incorporar a su oasis de moderación ciertas excursiones más conservadoras si no quiere que Vox le coma excesivo terreno en las urnas. Viene a ser algo así como que mientras más vire a la derecha, menos deberá luego para gobernar echarse en los brazos de los mismos que lo vilipendian.

Mientras tanto, al ‘ciudadano’ Juan Marín le vienen por delante meses en los que jugará todas las partidas necesarias de ajedrez para seguir empotrado del modo que sea en la órbita del PP y no ser expulsado del reino de San Telmo. El partido naranja deja atrás un año para olvidar en el que la pérdida de la vicepresidencia de la Diputación de Málaga y de su grupo en esta institución es un daño mínimo, si se atiende a lo ocurrido en las comunidades de Madrid, Castilla León o Murcia y en la alcaldía de Granada.

Otra cuestión es el cuchillo de doble filo con el que el panorama político andaluz aguarda la irrupción como líder socialista de un Juan Espadas que, al igual que Macarena Olona, anda de gira para poner a punto su popularidad. En ese objetivo encaja el acto que se ha sacado el PSOE de la manga para presentar -este sábado día 15 en Granada- la candidatura de Espadas a la presidencia de la Junta, con Pedro Sánchez como cabeza de cartel. Al nuevo senador le ronda la obsesión de no obtener peores resultados que Susana Díaz. La trianera ya le recordó al llegar al congreso de Torremolinos que le dejaba el partido como fuerza más votada de Andalucía y con seis diputaciones.

Y, si se mira un poco más a la izquierda, se aprecia la profundidad de heridas que no han cicatrizado. A día de hoy, una papeleta única en la que confluyan Unidas Podemos (UP), Adelante Andalucía y Andaluces Levantaos es una utopía. La lógica apunta a que el partido de Íñigo Errejón quizás sucumba a la llamada de UP pero mucho deberían cambiar las tornas para que Teresa Rodríguez dé el ‘sí, quiero’. La gaditana no quiere tropezar otra vez con la misma piedra.