En la introducción de su última novela, Sacramento (Editorial Galaxia Gutenberg), el escritor malagueño Antonio Soler se remonta a una juventud vivida en una ciudad mediterránea, que estaba partida en dos mitades sociales claramente diferenciadas por sendos márgenes del río Guadalmedina: «Yo venía del otro lado de la ciudad. El cauce del río fue durante mucho tiempo la frontera entre dos pequeñas ciudades. El sótano y la planta noble de un mismo edificio. Donde yo vivía estaba el mundo apelmazado, los barrios lentos que años después retrataría el poeta González Vera».

A la Málaga de otro tiempo, con el icónico páramo del centro de la ciudad como legendario pretexto, viaja también la letra del poeta Juan Miguel González que el grupo de rock Tabletom elevó a una canción con hechuras de himno: «Río Guadalmedina, donde jugué de chavea, y eso sí que eran pedreas, canutos y almencinas», resuena en pasajes ebrios de pasado que evocan las peleas en sus inmediaciones entre pandillas de los barrios de La Trinidad y El Perchel.

Ante ambos testimonios -y en los de varias generaciones de habitantes de la capital malagueña- se corrobora que la vida y milagro de este vulnerable fragmento fluvial da para un libro de memorias inabarcable. Para una enciclopedia con muchos tomos, si se escrutan las miradas y los recuerdos de quienes no entienden sus existencias y el paso del tiempo sin el trajín diario junto a su cauce. Igualmente, ‘vida’ y ‘milagro’ son palabras unidas al rabioso presente del río Guadalmedina. La recuperación de su entorno para uso ciudadano haría realidad un viejo y necesario anhelo, que sigue siendo una de esas utopías en las que mutan los proyectos que duermen durante décadas el sueño de los justos dentro de un cajón.

La Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Málaga perjuran ahora mismo que se va a aprobar al fin esa asignatura pendiente. Ojalá sea verdad. Y, sobre todo, ojalá el resultado sea útil, sostenible y trascienda su previsible condición de medalla fundida con prisas en vísperas de unas elecciones.