Opinión | Arte-fastos
«Instalados» en el buen camino

Obra de María Fernández. / L. O.
Ante la dificultad para especificar el concepto de instalación artística, Jonathan Watkins llega a una conclusión satisfactoria: la instalación ha borrado las líneas de separación de las diferentes formas de hacer arte al integrar, de manera consustancial, pintura, escultura, fotografía, cine, vídeo, música o teatro, y la voluntad de hacer partícipe al espectador en esta mixtura de disciplinas artísticas, cuya actitud nunca debería ser pasiva. Esta asunción de la complejidad, de la dificultad para enmarcar los posibles límites (si los hubiera) de la instalación ha llevado a Watkins, y también a otros teóricos como Michael Archer, a una solución maximalista o tautológica, identificando el concepto de instalación con la esencia misma del arte, principio básico para las obras presentes y futuras.
En este ámbito de la multiplicidad semántica y conceptual, entre lo relacional y lo transtextual, se enmarca la muestra We are here, que puede verse estos días en la Sociedad Económica de Amigos del País de Málaga. Auspiciada por el Área de Cultura del Ayuntamiento, forma parte de un programa de reivindicación de creadores actuales malagueños o residentes en Málaga, nacidos a finales de los noventa, que reclaman su derecho a estar presentes en la escena artística contemporánea. En esta tercera edición, su comisario, Luis Reyes Hurtado, ha elegido la instalación como medio expresivo y a ocho autores que, con sus proyectos, cumplen con la premisa canónica de fundir arte y vida (una vez más) y cuestionan los márgenes físicos y sensoriales del espacio expositivo, que se abre a las posibilidades sinestésicas de soportes y materiales heterogéneos, estableciendo, en ocasiones, una simbiosis entre realidad y representación.
Cabe resaltar la riqueza lingüística de las propuestas, ajenas a todo exceso barroco e incardinadas en uno de los grandes temas de la posmodernidad: la historicidad y sus relecturas subjetivas, bien en la salvaguarda del medio ambiente y, en concreto, las aves (Andrés Richarte y Nuria Luque), bien en el reaprovechamiento de los desechos industriales (Alejandro González Castillejo). El giro documental aparece en el Solar 41488 de Patricia Collado, un compromiso ético entre hecho y ficción; la cerámica esmaltada de Natalia Cardoso, Metal y metáfora para una dualidad inquietante; o el encuentro, en absoluto fortuito, entre elementos naturales (rafia y arcilla) de Carla Hayes. Trastoca Alberto Cajigal la noción de descanso y la convierte, mediante un bucle sin fin, en una experiencia liminar al desasosiego; y María Fernández critica la sociedad de consumo donde el ser humano ha sido consumido por los productos, que adoptan, fatalmente, sus rasgos físicos e incluso funciones afectivas. Sin duda, una exposición para no perderse.
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