Comentaba el otro día el director del Festival de Málaga, Juan Antonio Vigar, que la comedia sería una de las notas dominantes de la vigésimo cuarta edición del certamen. Y es que en estos tiempos de geles hidroalcohólicos, distancia social y preocupación por la pandemia todos necesitamos sonreír, aunque sea, todavía, debajo de nuestras mascarillas. Y eso quiso anunciar la gala de inauguración, conducida por dos reinas de las carcajadas made in Spain, Silvia Abril y Toni Acosta, anfitrionas con química y mucha chispa que se empeñaron en que nos olvidáramos, por un rato, del maldito coronavirus. Porque la consigna de este año es la de un festival luminoso, optimista y de esas risas que buena falta nos hacen, con un ojo puesto en ese marzo en el que, presumiblemente, el certamen celebrará sus 25 años regresando a la vida, a la normalidad de su modelo popular, presencial y cálido.

Acosta y Abril, las maestras de ceremonia de la gala. Gregorio Marrero

Miguel Ríos abrió la velada con una versión pequeña, cercana versión de Send in the clowns, el clásico de Sondheim con el que, dijo, quiso que todos «degustáramos un poquito de ese calor humano del que nos hemos podido disfrutar durante mucho tiempo». A partir de ahí, Abril y Acosta, con un guión que supo aprovechar su desparpajo, repasaron los contenidos y nombres propios de esta vigésimo cuarta edición del Festival de Málaga, remarcando con orgullo la filosofía del certamen. «Vamos a celebrar que ante todo Málaga es el festival del público, y nos lo vamos a gozar», exclamaron.

Después de una ceremonia, la del año pasado, discreta, sencilla y marcada por la sorpresiva entrega del Premio Málaga a los sanitarios por su dedicación durante la pandemia, la cúpula del Festival quería, en la medida de lo posible, comenzar aquí su regreso a la normalidad, a su normalidad, la de un modelo basado en la amabilidad y el buen rollo. 

Miguel Ríos, durante su actuación. Gregorio Marrero

Protagonistas

Hubo también un recuerdo al fallecido Gerardo Vera (responsable durante años de las galas de nuestro festival) y la entrega, de manos de Anna Castillo, de la Biznaga Ciudad del Paraíso a Petra Martínez, tan carismática, locuaz y heterodoxa como siempre. «Hay momentos en los que no me apetece trabajar, que no quiero madrugar ni salir de la cama; pero cuando me apetece, me apetece mucho. Hay que luchar por trabajar cuando uno quiera», dijo la intérprete, que se montó un stand up total, incluso abroncando al público («Qué os pasa, que parece que no os importa esto» o «Son ustedes sosos, pero sosos, sosos). Petra contó muchas más cosas: sus problemas con los vestuarios para los photocalls, que la clave de todo suele estar en caer bien a los demás. «Pienso que no me merezco un premio como éste. Pero veo a otras actrices recibiendo premios y digo:Ésta no se lo merece». Hala. Como ella misma resumió en un momento de su speech: «Menuda cara dura que tengo». 

Actuaciones

Las actuaciones de Mäbu (con Estíbaliz Uranga, madre de la cantante, en el dueto Buenos días), Niño de Elche (con su singular versión del Yo tomé un cortijo a renta, de El Niño de Almadén), Kiko Veneno (Luna nueva, de su inminente álbum Hambre) y Sidonie (con ese Verano del amor como cierre de la gala con mensaje optimista, eufórico y sensual), salpimentaron la primera velada en un Teatro Cervantes, claro, a medio aforo por la maldita pandemia. Los aplausos y las risas no sonaron con el estruendo del habitual teatro repleto de otras inauguraciones. Habrá que esperar a marzo para que sea así. Mientras tanto, tendremos que conformarnos con disfrutar con mascarilla, manteniendo esa «distancia que nos une», como reza el eslogan del Festival de Málaga. Que tampoco es poca cosa, ¿verdad?

Juan Echanove, con una nariz de payaso. Gregorio Marrero