En aquella madrugada helada en el aeropuerto de Teherán mi mujer y yo nos miramos. Nunca habíamos visto tanta gente antipática en una concentración de seres humanos. La única sonrisa en nuestro campo de visión era la que nos tranquilizaba desde una foto gigantesca del entonces Rey de Reyes, el Shah de Persia. Embutido en su bien cortado traje oscuro, presumiblemente la creación de diligentes artesanos de la londinense Savile Row, el soberano parecía estar haciendo su paseo matutino por unas nubes ancladas en un fresco amanecer de las cercanas montañas. En aquel mar de caras hoscas, casi pétreas, era algo muy de agradecer.

La escala en Teherán al final se había convertido en una noche siniestra. El DC-10 de Alitalia que hacía el trayecto de Roma a Tokio tuvo una avería. Aparentemente complicada. Nos llegaban mensajes tranquilizadores de Cesare Romiti, el director general de la compañía aérea italiana y gran amigo nuestro. En realidad éramos sus invitados en aquel vuelo. Todo había empezado en una cena en El Corzo, el restaurante excelso de Los Monteros, en Marbella. Salvador Buendía, uno de los pioneros del turismo y la aviación comercial en Andalucía, era entonces el representante de Alitalia en nuestra región. Me constaba que mi buen amigo Salvador llevaba tiempo intentando que aquel ilustre ‘Cavaliere’, el director general de su empresa, Cesare Romiti, visitara la Costa del Sol malagueña. Finalmente lo consiguió. Y tanto aquel distinguido visitante como su encantadora esposa quedaron deslumbrados.

Tuve dos encuentros más con Persia, ambos indirectos. Mi amigo Malcolm Williams, el mítico vicepresidente de la Robert F. Warner Inc, representante de grandes hoteles internacionales en los Estados Unidos, me había insistido en que no debería demorar el alojarme en el Waldorf-Astoria, en la Park Avenue neoyorquina. Sería una experiencia profesional muy importante. Malcolm solía tener razón. Esta vez también. Se pasó mi amigo con sus recomendaciones a la dirección del hotel. En nombre de ésta, me recibió una dama que parecía salida de una de las legendarias mansiones paladianas que ennoblecen las orillas del Hudson. Donde su vida podría haber transcurrido rodeada de obras de arte y por muebles de la mejor escuela del ‘Early American’. En un marco como el Waldorf, esa dama norteamericana podía competir, sin intentarlo, con las mujeres más elegantes de Europa. Como la habitación en las Waldorf Towers que me habían asignado no estaba lista, me rogó que la acompañara a la sala dedicada a la memoria del Shah Abbas. Era ésta un espacio entre persa y granadino-nazarí. Albergaba una colección de objetos de arte y alfombras persas que daba vértigo. Me senté con la evidente preocupación del que se encuentra en un lugar y con una compañía que sobrepasaban con creces la modestia de su persona.

Poco tiempo después, con la caída de Reza Shah Pahlevi y la toma del poder por los ayatolás y sus mesnadas, la dirección del Waldorf dispuso que el salón dedicado a aquel otrora legendario Shah y cualquier otro memento que recordara la cálida amistad de entonces entre los USA y el antiguo imperio persa, deberían ser anulados. Irán se había convertido en un país ferozmente hostil a los intereses de los Estados Unidos.

Nuevos tiempos llegaron… En los que mi educación persa seguiría completándose gracias a las amenas crónicas enviadas desde Teherán por un espléndido periodista gaditano, corresponsal de El País. Félix Bayón. Gracias a su oficio y sabiduría, viví en primera fila aquellos movimientos tectónicos. Jamás olvidaré la entrevista que le hizo al todopoderoso ayatolá Ruholláh Musavi Jomeini. Me consta que ambos personajes se midieron con respeto. Y me consta también que a aquel príncipe de los creyentes no le fueron indiferentes aquellos encuentros con aquel brillante periodista andaluz, dueño de una inteligencia portentosa y una risa tan contagiosa como iconoclasta. Como prueba, el ayatolá le regaló un valioso ejemplar del Corán.