Mi primera estancia en el Claridge’s fue hace casi cuarenta años. Duró 48 horas. Descubrí entonces que su formidable atractivo era el ser un maravilloso hotel que no parecía un hotel. Era discretamente elegante, intemporal. Y se percibía en sus salones la serenidad que emana del hecho de saberse en el centro del mundo. El personal tenía el barniz que se va adquiriendo después de muchos años de profesión atendiendo a algunas de las personas más complejas e interesantes de este planeta. Hice la prueba de los antiguos hoteleros. La que nunca falla. Abrí el armario de mi habitación. Por supuesto, décadas de uso por las señoras más sutilmente perfumadas del mundo habían dejado una huella inconfundible. Era incontestable. El Claridge’s era la Reina de los Hoteles y el Hotel de las Reinas.

Un ilustre hotelero hispano-alemán, Klaus Beck, me contaba cosas de sus tiempos de aprendizaje en el Savoy de Londres. Como en el Claridge’s, en el Savoy no existía el “room-service”, el servicio de habitaciones, tal como lo conocemos ahora. En su lugar estaba el “service d’étage”, el servicio de pisos, y él oficiaba entonces como un joven “chef d’étage”. El que el cliente utilizara el teléfono para marcar un número y pedir cualquier tipo de servicio hubiera sido una vulgaridad. Todo era a base de timbres. En el Claridge’s – considerado como el “anexo del Palacio de Buckingham” - había como mínimo seis empleados por planta. Además de seis camareras de habitaciones, dos valets, un mozo y tres limpiadoras de cuartos de baño. Un empleado al otro lado de cada timbre. Como en otras épocas en las grandes mansiones señoriales del Reino Unido.

La verdadera historia del Claridge’s empezó en 1812, cuando el empresario James Edward Mivart decidió construir un hotel en el 51 de la Brook Street. Poco a poco fue adquiriendo los edificios colindantes. El heredero de Mivart, su hijo George, no demostró ningún interés por los hoteles que poseía su padre. Finalmente éstos fueron adquiridos en 1854 por los propietarios de un pequeño hospedaje de la Grovesnor Street, el matrimonio William y Marianne Claridge. William Claridge había empezado su carrera como hotelero después de unos años trabajando como el modélico y severo mayordomo de una gran casa británica. Alguien como él sería por consiguiente la persona ideal para atender en un buen hotel a los miembros de la nobleza que desearan ir a Londres con sus familias y sus sirvientes.

El status del Claridge’s como el “pied à terre” londinense de la realeza europea y de una pléyade de personajes del gran mundo del Gotha o del Debrett’s, quedó firmemente consolidado en 1860. A partir de la invitación para tomar el té que hizo la emperatriz Eugenia de Francia a la reina Victoria y al príncipe consorte. Al aceptar encantada la invitación de nuestra españolísima doña Eugenia de Montijo, la soberana británica consagró para siempre aquel elegante hotel del corazón de Mayfair como una casa digna de las familias reales europeas.

Hay un dato muy curioso en la historia del Claridge’s. Llegaron a tener 113 habitaciones para correos. Es decir, habitaciones confortables pero menos lujosas que la de los clientes, destinadas a los miembros de la servidumbre privada de los huéspedes. Como los condes de Derby. Hasta hace unos treinta años siempre se alojaron en el Claridge’s acompañados por su chófer, su fiel mayordomo y una doncella para el servicio de la condesa. A su vez éstos supervisaban el servicio de los empleados del hotel a sus señores.

Hace ya algún tiempo un periodista del Evening Standard descubrió una lista de clientes del Claridge’s fechada en mayo de 1876: entre los huéspedes de ese día aparecían dos reyes, Jorge I de Grecia y Leopoldo II, Rey de los Belgas, además de una reina, príncipes herederos, archiduques imperiales, grandes duques rusos e innumerables miembros de otros escalafones de la nobleza.

Los años fueron pasando y el Claridge’s se encontró a finales del siglo XIX en una difícil encrucijada. Ya un miembro de la aristocracia austro-húngara, la condesa Maria Larisch, había encontrado al hotel oscuro e incómodo durante su visita en 1877. Todo ese conjunto laberíntico de antiguos edificios georgianos construidos antes de 1720 no podrían competir con los grandes hoteles que se estaban levantando para la mayor gloria del Londres de la Belle Époque.

En 1889 un conocido empresario hotelero, Richard d’Oyly Carte, asesorado por el gran César Ritz, inauguró el Savoy. En 1893 adquirió el cada vez más vetusto Claridge’s. El 22 de diciembre de 1894 se puso la primera piedra del nuevo hotel. Un hermoso edificio en estilo victoriano tardío, según el proyecto del maestro C.W. Stephens, el mismo arquitecto de los grandes almacenes Harrods. El hotel incorporó todos los avances de la tecnología y el refinamiento de la época: electricidad, ascensores y cuartos de baño privados en cada suite y en cada habitación. Todo cambió, pero afortunadamente todo seguía igual en aquel lugar que nunca dejó de ser un templo dedicado al culto de las buenas formas, y sobre todo gloriosamente consagrado al arte de la hospitalidad.

En febrero de 1952 una vez más se demostró que el Claridge’s seguía siendo un hotel muy especial en la capital británica. Con motivo de los funerales de Estado en honor del Rey Jorge VI, el padre de la actual soberana británica y suegro de Su Alteza Real el príncipe Felipe, duque de Edimburgo, recientemente fallecido. En el augusto Claridge`s se alojaron entonces tres reyes, tres reinas y diez príncipes reales... Además de los presidentes y primeros ministros de una docena de naciones. Algunos de ellos no por primera vez. Durante la Segunda Guerra Mundial las familias reales de Holanda, Grecia, Noruega y Yugoslavia residieron allí como refugiados. El hotel estaba rodeado de sacos de arena como protección contra los bombardeos de la Luftwaffe. Cuando sonaban las sirenas de alarma todos, huéspedes y empleados, bajaban ordenadamente al refugio habilitado en los sótanos del hotel.

Hace unos veinticinco años, el Grupo Savoy, propietario del Claridge’s se tuvo que enfrentar a problemas bastante similares a aquellos que amenazaron al antiguo Claridge’s un siglo antes. El hotel necesitaba ser renovado y sobre todo necesitaba salir de una situación financiera muy complicada. El Consejo de Administración del Grupo Savoy, buscó a un eminente profesional que pudiera cambiar el rumbo cada vez más azaroso de la empresa y sus rutilantes hoteles. Y fue un gran hotelero de origen español, afincado desde hacía tiempo en Londres, don Ramón Pajares (escribí sobre él, siempre con admiración y respeto, en la revista turística “Andalucía Unica” , en febrero de 2010), el que llevó al Claridge’s y a todo el grupo Savoy a un nivel de excelencia y éxito operativo y financiero gracias a unas estrategias que siguen siendo un modelo para la industria hotelera internacional.

Releyendo la historia de esa espléndida casa que se levanta entre la Brook Street y Grosvenor Square, es fácil llegar a la conclusión de que una española, la que fuera emperatriz de Francia, y un español, un muy ilustre hotelero, en siglos diferentes, fueron portadores de una muy buena estrella. La que iluminó la trayectoria de uno de los hoteles más admirados de este planeta: el Claridge`s de Londres.