El título de esta columna es la frase más famosa de Las aventuras de Ford Fairlane, una peli de 1990 tan kitsch, tan hortera, tan maravillosa, que entró directamente, por obra gracia del friky que todos llevamos dentro, en el Olimpo del cine de culto. Por desgracia, parece que ese leitmotiv se haya convertido en el proyecto de vida de algunos tarados que le han encontrado la gracia a enviar amenazantes sobres con balas, dando así a entender que las cosas se solucionan a tiros. Pobres gentes que pasan por alto que las armas las carga el demonio y las disparan los gilipollas. Qué agradecido es siempre el refranero español para los articulistas.

Que te salga el tiro por la culata. Éste me recuerda a Pablo El macho Iglesias. El faro ideológico de occidente que dejó el Gobierno de España para gobernar la Comunidad de Madrid se va a comer mañana un mojón del tamaño de una tortilla de 20 huevos. No son pocas las voces que se alzan anunciando su retirada de la política e inminente colaboración televisiva con Roures. El seudobolivariano sabe que debe hacer caja y el show no puede parar. Sea cual sea su futuro, y le deseo lo mejor, sólo pido que no se convierta en una de esas momias que desempolvan y dan cuerda para sacarlos cada ciertos años en documentales sobre la Transición.

Disparar con pólvora de rey. Aquí se me aparece Pedro Sánchez malgastando discrecionalmente el dinero de los fondos europeos como si fueran ilimitados y nunca hubiera que devolverlos. Como un condenado socialista de los ERE en un prostíbulo, pero con más disimulo y con bula de la Unión. Lo estoy dando, lo estoy regalando. Siempre toca, sino un pito, una pelota. Clientelismo político. Aerolínea agradecida.

Pero si hay disparos que me duelen de forma especial son los tiros de gracia. Aquellos que acaban impunemente con la existencia de personas especiales y siegan de raíz los futuros de quienes dedicaron su presente a perseguir sus sueños, aunque les fuera la vida en ello. Y aquí pienso en Beriaín y Fraile, dignos continuadores de los primeros pasos de Pérez-Reverte y García Márquez. Dos monstruos de la comunicación que no se contentaban con leer las historias de los demás y decidieron protagonizar las suyas para contárnoslas en primera persona.

Y por último estoy yo. Que no hago caso a mi madre ni en su día y sigo escribiendo de una forma demasiado autobiográfica según ella. Yo le discuto y le digo que no, que lo que pasa en realidad es que no me gusta esconderme por mucho que me insulten en las redes, que me gusta escribir lo que pienso sin hacer mucho caso a cánones o cortapisas. Así que aquí sigo, asomándome a esta página cada dos semanas para pegarme un tiro en el pie.