Era aquello una mala noticia. La que nos daba el pasado 10 de mayo Adam Taylor, uno de los columnistas más respetados del Washington Post. Había publicado ese día un artículo con vibraciones interesantes, con la ayuda de su colega, Claire Parker. Con ese tono tan especial, algo gélido, y el sentido de la disciplina en el uso de las palabras que practican los periodistas de raza. Los titulares eran concisos: «A warning sign from the world’s most vaccinated country». Una señal de alerta desde el país más vacunado del mundo. Se referían a mis siempre añoradas islas mágicas, mi especial paraíso del Mar Índico, nunca perdido, las Seychelles.

En los comienzos de este año, el presidente del gobierno de ese admirable pequeño país, el Honorable Wavel Ramkalawan, tranquilizaba a la opinión pública. Estaban a punto de alcanzar la inmunidad total ante los ataques del virus que nos trajo la Covid-19. Ese virus, llegado desde las tinieblas del misterio. En las Seychelles, ya vacunado el sesenta por ciento de la población, los porcentajes de protección superaban a los de Israel o el Reino Unido.

Pero algo no funcionó. Según los indicios, hace dos semanas ese prometedor escenario podría estar teniendo algunos problemas. Un idílico país, como las Seychelles, modélico en tantos aspectos, con los deberes bien hechos, ahora descubre que comparativamente su situación podría ser tan complicada como la de la India. Pues precisamente para un país pequeño, incluso un número de casos relativamente bajo puede llegar a ser una emergencia simplemente abrumadora. Sobre todo porque la escasez de medios para combatir brotes víricos de alta intensidad podría presentar desafíos complicados para un sistema público de salud que en realidad es bastante frágil.

Lo confieso. No puedo sentirme indiferente ante problemas que afectan a una buena gente y a lugares a los que conozco y aprecio mucho desde hace años. Tuve la inmensa buena fortuna de conocer a fondo las islas Seychelles en un viaje que realicé por aquellos mares inolvidables. En los comienzos del otoño de 1993.

Busco datos en los excelentes artículos que unos muy admirados columnistas y escritores malagueños tuvieron entonces la generosidad de escribir sobre aquel periplo iniciático de este modesto aficionado al arte de escribir. Y al de navegar, sobre todo con la imaginación. Por los que siempre les daré las gracias. Sus palabras de entonces son fieles depositarias ahora de aquellas experiencias, a las que ellos y su talento otorgaron los privilegios de una perenne lozanía.

Evocar las islas ahora, a través de sus nombres, sigue siendo un rito muy especial que me alegra el corazón: Mahé, Praslin, La Digue, Silhouette. D’Abron, Chauve Souris, Frégate, Denis, Desroches, Felicité… Las invoco, con sus primeros nombres franceses, con los que fueron bautizadas en tiempos más ingenuos.

Hace algo más de dos siglos, eran aquellos territorios, 112 islas e islotes vírgenes, lugares apenas tocados por las tenues huellas de algunas atrevidos navegantes portugueses o correosos comerciantes árabes. Nos ofrecen grandes tesoros, tanto en sus islas coralinas como en otras que son graníticas. Ante todas, los adjetivos empalidecen. Son perfectas. El hermoso granito que vemos bordeando las aguas de muchas playas y ensenadas de las Seychelles nos habla de inmensos continentes que ya no existen. Todas brillan en un mar engarzado por un collar de arenas blancas y edénicas faunas y floras. También hay atolones y arrecifes con nombres de leyenda.

Conservo, con sus notas, la guía turística que me acompañó a lo largo de aquellas peregrinaciones seychellenses. Fue publicada en 1990 por una editorial de Nairobi. Entre sus páginas permanecen, como marcadores, algunos humildes recuerdos, recogidos a lo largo de aquellas singladuras. Tales como un entrañable recibo de una sucursal bancaria de la Albert Street, en la augusta Victoria, la capital de Mahé. En la que la Banque Française Commercial de las Seychelles, certificaba en un 15 de septiembre de 1993, con firma y sello, mi adquisición de una modestísima cantidad de la pundonorosa divisa local: la rupia seychellense.

Esas modestas cantidades me permitieron, día a día, hora a hora, la humilde gesta de conocer y explorar uno de los lugares más bellos de este planeta. Confieso que nunca en mi vida he recibido tanto por tan poco.