Su padre es más dócil; yo soy conflictiva, difícil. Por eso mi hijo siempre me da bola cuando le doy consejos», dijo en una entrevista Celia Cuccittini, la madre de Lionel Messi. Las madres porculeras: que no se extingan. Que este nuevo mundo de ternurita y oquedad no nos prive de su verbo despótico y de sus referimientos, de su pulla, de su inoportuno matiz, de su afectación y sus suaves tragedias. Mi único talento como hijo ha sido decepcionarla. Abandonar mis dorados propósitos. Desperdiciar mi tiempo, mi talento y mi juventud. Beber de más, escribir de menos. Algún portazo. Seguir siendo lo que siempre fui: la mitad. Mi madre no fue el puerto en el que amarré mi barco, mi madre fue la playa a la que llegué nadando tras el naufragio. En el lecho de su coxis, en la jaula de sus costillas. Aquel pacto de niñez. No hice las paces con mi madre hasta que no hice las paces conmigo mismo. No hace tanto. Los días son de yodo. Las heridas son grietas en la piel, no abismos en el corazón. Los hijos somos perros ladrando en la terraza. Los hijos somos plantas que amarillean pero perviven. Una oscuridad que da cobijo. Un milagro del afecto. Yo, como Messi, siempre escucho a mi madre. Porque ante la duda, distorsión y no violines. Ante la duda: rock and roll.

Decepcionar es una coreografía afligida. Entras en escena con piruetas entusiastas y tristes. Los aplausos de compromiso. Esa historia. Ya la conocéis. Somos adultos. No entiendo los pucheros. No quiero incomodar, a ciertas edades las provocaciones dan un poco de vergüenza. Pero tampoco quiero ser uno de esos afables vocingleros que escriben al dictado del cariño de los extraños. Tecleo y tiemblo. Dudo siempre. Mi madre me escribe los sábados por la mañana tras leer mi columna. Me crucifica sin necesidad de sacar los clavos de la caja. «Ha sido una semana complicada, ¿no?». «Estabas cansado cuando lo escribiste, ¿no?». «No es un tema del que te apetezca demasiado hablar, ¿no?». Ese «¿no?» final, tan sutil y despiadado, quiere decir que lo de hoy no le ha entusiasmado. De mi madre admiro muchas cosas, por encima de ellas dos: su sinceridad, que siempre es inesperada, y su terquedad de flor, su asombrosa dureza, sus pétalos de diamante. Si le gusta, es concisa: «Precioso», «emocionante». Cosas así. Mi madre siempre empuña un bisturí, pero lo desliza por el lado que no está afilado.

Estoy leyendo ‘Madres e hijos’ de Theodor Kallifatides. Él dice: «Mi madre es mi patria. Cuando la pierda, perderé mi patria». Y antes: «Las cosas son como son. Mi madre lo sabe. Siempre lo supo. No está en su espinazo. Esto es su espinazo: el estoicismo heredado, el talento de permitir a las pequeñas alegrías paliar las grandes tristezas». El autor narra su visita, ya con casi setenta años y exiliado en Suecia desde hace más de cuatro décadas, a su madre, ya muy anciana, que seguía residiendo en Atenas. Ambos sabían que podía ser uno de sus últimos encuentros. Su reunión es mágica. Están las páginas llenas de amor encalado y una marítima hondura.

«Las últimas palabras de mi madre hacia mí fueron: «Vive cuanto resista tu corazón». Significa que no siempre vas a poder hacer lo que quieras, sino también lo que quieran los demás», contestó Kallifatides en una reciente entrevista de promoción del libro. ¿Cuánto le queda a mi corazón?, pensé tras leerle. Hasta cuándo este motor mudo, este fantasmal latido. Cuántos días más de cortos trayectos en bicicleta, de asambleas de comunidad, de tardes en el parque, de reuniones de trabajo por Skype, de colas de la ITV, de desear lo que no puedo tener, de poseer cosas que nunca deseé. Cuánto dura este músculo siniestro, hasta que la rutina lo sepulta, su abandono de arena, el pausado desmayo sobre el pecho. ¿Y si mi madre es luz para este corazón oscuro? ¿Y si mi madre es camino? Y cuando acabe el camino, ¿tendré la tentación de detenerme?

«El satisfyer es fantástico, pero no te come las tetas», me dice una amiga. Estamos de cervezas. Ella tiene dos hijos que se encaminan, tiránicos, hacia la adolescencia. «Nadie nos prepara para esto», me dice. «Los tuyos son pequeños aún. A veces echo de menos su redondez, que cupieran entre mis brazos», y acuna el aire y mira al cielo invocando un pasado que ya nunca volverá a ser. Recuerdo haber tenido doce años. Recuerdo mi cerrazón y un globo en el pecho, rechinando contra el esternón, cada vez más grande, siempre a punto de reventar. Recuerdo llorar por nada. Poner la música muy alta. Amar cada mañana, odiar cada tarde y un enorme vacío cuando se acercaba la noche. Me tumbaba en la cama. Me apoyaba el discman en el pecho. Me ajustaba los auriculares y cerraba los ojos, adentrándome en mí, en lo más profundo de un poco profundo ser. De un precipicio escaso. Una angustia infantil, los chakras en carne viva. Dolores diminutos mientras mi madre llamaba, tímidamente, a la puerta. «¿Estás bien?», me preguntaba. «Claro que estoy bien», le decía. Y ponía la música aún más alta. Y volvía a cerrar los ojos. Y cuando los abría, estaba aquí, delante de este texto, citando a Dylan Thomas: «La ciruela que mi madre arrancara maduró dulcemente, el niño que dejara caer desde la oscuridad de su costado hacia el regazo cavado de la luz, creció fuerte...».